Detrás de sus millones de seguidores, René ZZ escondía una herida silenciosa: el miedo a ser abandonado. En el episodio más reciente de Rebeldes Podcast, cuenta cómo la fe comenzó a sanar aquello que ni el éxito pudo llenar.
Conocido por su estética radical, el referente de la cultura del tatuaje, René Ponte, construyó durante años una identidad que iba mucho más allá de lo artístico.
En una conversación con el P. Ignacio Amorós, el creador de contenido abre su corazón para relatar su viaje de sanación psicológica y espiritual y comparte que su imagen fue también un mecanismo de defensa frente a una herida profunda que arrastraba desde la infancia.
La estética como refugio
René creció marcado por el divorcio de sus padres cuando apenas tenía un año. La ausencia de su padre generó en él una sensación inconsciente de culpa y una "deuda" emocional que arrastró durante décadas.
“Me pinto entero para que siempre se acuerden de quién soy y dónde estoy, y no me pierdan de vista. Quería mostrarme de una manera en la que la gente no quisiera abandonarme”, confiesa.
Con el paso del tiempo, esa necesidad de ser visto se transformó en una marca personal que lo llevó a alcanzar millones de seguidores. Sin embargo, detrás del reconocimiento y la aparente seguridad, persistía una inquietud constante: miedo a la soledad, al futuro, a no ser suficiente.
Un encuentro que lo cambió todo
A pesar de su crecimiento profesional, René reconoce que el vacío interior no desaparecía. Buscó respuestas en distintos caminos, desde la psicología clínica hasta el desarrollo creativo, pero nada lograba llenar completamente esa herida.
El punto de quiebre llegó de manera inesperada, durante una experiencia en Finlandia. Allí tuvo un sueño en el que experimentó un amor divino tan intenso que "no tenía absolutamente nada que ver" con cualquier emoción terrenal.
A partir de ese momento, inició un camino de fe que transformó no solo su manera de ver la vida, sino también su propia identidad. Hoy asegura que Dios le está “revelando quién es realmente” y “quitando el polvo” de su alma.
“Es como si me estuviese destatuando por dentro para que yo pueda ver el mapa de lo que realmente soy”.
Para él, reconocer la propia fragilidad y arrodillarse ante el Creador ha sido el mayor acto de valentía de su vida, permitiéndole soltar la coraza que había construido durante años.
Un hogar que siempre buscó
Este cambio interior también ha marcado profundamente su manera de relacionarse. Su vida afectiva, antes atravesada por dinámicas de dependencia, hoy se apoya en una relación más sana, basada en la oración, el respeto y una comprensión más profunda del amor.
Su relación con su pareja, Celia, es un reflejo concreto de esta transformación.
“Lo que estoy viviendo con Celia es que el amor viene de Dios. Tenemos a Cristo en el centro y eso implica que no estamos volcando nuestras heridas y nuestros miedos directamente sobre el otro, sino que tenemos un cuidado, un respeto y una distancia que pasa por el filtro de Dios”.
Lejos de buscar seguridad en la otra persona, René afirma que hoy su identidad está anclada en saberse hijo de Dios. Esto le permite amar desde la libertad, sin proyectar sus heridas.
“Yo antes de hacer cualquier cosa o decir cualquier cosa, se lo encomiendo a Dios y le digo: ‘por favor, ayúdame a cuidarla, ayúdame a quererla como se merece. Es tu hija. No es primero mi novia, y ojalá mi futura mujer y madre de mis hijos, es tu hija principalmente”.
“Lo bonito de esta relación es que nos queremos de la manera más pura que yo he visto en mi vida. Yo he tomado una decisión con ella y es la decisión de amarla y de respetarla en base al amor de Dios, no en base a mis anhelos, no en base a mis inconsistencias, no en base a mis miedos, pero claro, es un proceso”.
