Cuando hablamos de la fe se vienen varios nombres a nuestra mente: Abraham, Moisés o José. Sin embargo, a veces olvidamos que  una de las personas que vivió la fe de manera más profunda fue la Virgen María. Y es que la vida de María es también la más honda historia de amor.

Más que admirarla desde lejos, el verdadero camino cristiano nos invita a imitar sus actitudes interiores, aquellas que hicieron posible que Dios obrara maravillas en ella.

Entre las muchas virtudes que resplandecen en María, existen tres actitudes fundamentales que pueden transformar nuestra vida espiritual y que en este mes de mayo, queremos profundizar y vivir: la confianza total en Dios, la humildad y la perseverancia en el amor.

1. La confianza total en Dios

Cuando el ángel anunció a María una misión humanamente incomprensible, ella respondió con total disponibilidad y fe: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). No entendía todos los detalles del camino, pero eligió confiar.

La fe de María no fue una fe libre de pruebas. Tuvo que afrontar incertidumbres, dificultades y momentos dolorosos. Sin embargo, nunca permitió que el miedo fuera más grande que su confianza en Dios.

"En su libertad, acogió a Jesús abrazando el proyecto de Dios. El Señor actúa siempre así: nos hace grandes dones, pero nos deja libres de aceptarlos o no. Por esto Agustín añade: 'Creamos también nosotros, para que lo que se cumplió [en ella] pueda aprovechar también a nosotros'" (Papa León XIV).

2. La humildad

Después de recibir el anuncio del ángel, María no se encerró en sí misma ni buscó reconocimiento. Fue rápidamente a ayudar a su prima Isabel. Ese gesto revela una verdad profunda: la gracia recibida debe darse de inmediato, pues no viene a nosotros por mérito nuestro, sino en virtud del amor de Dios.

María nunca buscó protagonismo. Su grandeza estuvo precisamente en su humildad. Supo ponerse al servicio de los demás con discreción, ternura y disponibilidad.

"Es maravilloso el 'sí' de la Madre del Señor, pero también puede serlo el nuestro, renovado cada día fielmente, con gratitud, humildad y perseverancia, en la oración y en las obras concretas del amor, desde los gestos más extraordinarios hasta los compromisos y servicios más comunes y cotidianos, para que en todas partes Jesús pueda ser conocido, acogido y amado, y a todos llegue su salvación" (Papa León XIV).

3. La perseverancia en el amor

A la vida de María llegó un Amor grandioso, uno tan inmenso que jamás habría podido imaginarlo. Ella permitió que ese Amor llenara su vida y eso la fortaleció para permanecer fiel incluso al pie de la cruz. No huyó del dolor ni abandonó a Jesús en la hora difícil. Por el amor, María entró a oscuras en la penumbra de la fe y recorrió ese camino junto a su hijo, para luego resucitar con Él.

Su amor fue constante, maduro y perseverante; y continúa siéndolo hoy. Desde ese mismo amor, se dedica a ser madre de todos nosotros. Ella sigue engendrándonos a la vida, a la fe y mostrándonos el camino perfecto del amor.

Comparte