La historia de Esther Palma comenzó en España, en una familia donde la fe se vivía con naturalidad. Creció junto a tres hermanos mayores y fue especialmente su madre quien le transmitió el amor por Dios a través de la oración, la Misa dominical y el servicio a los demás. Sus raíces también estuvieron marcadas por la espiritualidad de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, muy presentes en su Ávila natal.
Durante su juventud, mientras estudiaba en Londres, una experiencia la llevó a preguntarse profundamente por el sentido de la vida. Al salir de un concierto, vio a varios jóvenes que necesitaban asistencia médica y comenzó a cuestionarse qué era realmente la felicidad y qué quería hacer con su vida. Poco después, su hermana ingresó en una comunidad misionera y la invitó a conocerla. La alegría y sencillez con que aquellas mujeres vivían su entrega despertaron en Esther una inquietud que cambiaría su vida.
Su camino misionero comenzó en Argentina, trabajando con niños y jóvenes en barrios de gran pobreza, y continuó en Japón, donde descubrió el contraste entre una sociedad altamente desarrollada y la necesidad de sentido, esperanza y alegría. Aquellas experiencias confirmaron su llamada a entregar toda su vida a Dios.
Hace casi veinte años llegó a Corea del Sur, atraída especialmente por la misión con los jóvenes y por el deseo de colaborar en la reconciliación entre Corea del Norte y Corea del Sur. Allí tuvo que aprender un nuevo idioma y comprender una cultura muy diferente, pero descubrió que ser misionero significa, ante todo, estar presente y dejar que Dios ame a través de uno.
Esther destaca que la Iglesia católica en Corea nació de la búsqueda de jóvenes laicos que conocieron la fe a través de libros y decidieron vivirla, incluso hasta el martirio. Ese origen sigue marcando una Iglesia minoritaria, pero valiente, comprometida y profundamente viva.
Con la mirada puesta en la Jornada Mundial de la Juventud 2027, Esther también ha intensificado su misión digital a través de la comunidad “Vamos a Corea 2027”, donde comparte la cultura, el idioma, la historia y el catolicismo del país. Su deseo es que quienes viajen a Corea puedan conocer mucho más que el K-pop o los dramas: descubrir su realidad, su historia y el rostro joven de su Iglesia.
Después de casi dos décadas evangelizando también a través de las redes sociales, Esther ha comprobado que internet puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios. Son muchos los jóvenes y personas alejadas de la fe que se han acercado nuevamente a la Iglesia gracias a sus contenidos.
Hoy, su misión continúa bajo una pregunta del libro del Éxodo: "He escuchado el clamor de mi pueblo. ¿A quién enviaré?". Pensando en los jóvenes de Corea del Sur y en los niños de Corea del Norte, Esther responde cada día: "Aquí estoy, envíame".
