Marcela creció en una familia humilde de panaderos, donde nunca faltaron la alegría, el trabajo duro y la fe. Desde pequeña aprendió que, incluso en medio de las dificultades, había una certeza que lo sostenía todo: Dios siempre está presente.
"Recuerdo que me dormía rezando el rosario, llorando y pidiéndole a la Virgen que nos cuidara", comparte. Esa confianza sembrada en su niñez hoy sigue siendo el motor de su vida.
Su camino no fue fácil. Hubo espera, incertidumbre y momentos en los que pensó rendirse. Pero una oración ante el Santísimo lo cambió todo.
"Abrí la Biblia y leí: ‘iban hacia donde el Espíritu los empujaba’ (Ez 1,12). Ahí entendí que solo debía confiar".
Y así lo hizo.
Durante la pandemia, en una pequeña habitación y lejos de casa, redescubrió un talento que había quedado en pausa: el arte. Lo que empezó como un simple hobby, hoy es una misión. A través del body painting, Marcela utiliza su propio cuerpo como lienzo para representar escenas que tocan el alma… incluso momentos de la vida de Cristo.
"Todo lo que tengo es de Dios. Mi arte, mis manos, mi voz… todo es suyo", afirma.
Sus redes sociales no son solo contenido: son un espacio de encuentro. Personas que habían perdido la fe, enfermos que encuentran consuelo, jóvenes que descubren su propósito… todo a través de un video, una imagen, un testimonio.
"Quiero ser un alma misionera, esté donde esté".
Marcela también tiene claro algo fundamental: el arte no debe alejar de Dios, sino acercar. Por eso, cada creación busca transmitir esperanza, belleza y verdad.
Hoy, su historia nos recuerda algo poderoso: Dios puede usar cualquier talento, incluso el más inesperado para tocar corazones.
"No tengas miedo de mostrar quién eres. Dios te ha dado dones únicos para compartirlos con el mundo".
