¿Quién no tiene sueños para su vida? ¿Quién no pensó alguna vez, cuando era niño, en ser bombero, piloto de avión, viajar a la luna, ser policía o incluso sacerdote?

Después crecemos y nuestros sueños cambian, pero seguimos guardando deseos, proyectos y metas que nos ilusionan y nos mueven a buscar algo bueno para nuestra vida.

Entonces surge la pregunta: ¿Qué hago con todos esos sueños que llevo dentro?

¿Y si ese sueño también te está hablando de Dios?

Muchos de los anhelos profundos que llevamos en el corazón pueden ser también una manera en que Dios nos va mostrando un camino, despertando nuestros talentos o invitándonos a ponerlos al servicio de algo bueno.

Si queremos caminar por el camino correcto, necesitamos preguntarle a Dios: "Señor, ¿esto es también lo que Tú quieres para mí? ¿Qué quieres que haga con este deseo que llevo dentro?".

Luego, toca discernir a la luz del Espíritu qué nos quiere decir el Señor y permitir que Él purifique nuestros deseos para cumplir su Voluntad y adherirnos de corazón a su Amor. Él es quien mejor conoce cómo realizar nuestros anhelos más profundos, cumpliendo nuestros proyectos personales de vida y madurando como personas.

Porque al final no se trata solamente de alcanzar nuestros sueños, sino de descubrir la voluntad de Dios para nuestra vida y atrevernos a caminar hacia ella.

La humildad también es aceptar que podemos equivocarnos

Discernir la voluntad de Dios exige humildad. No se trata de imponer nuestros planes, sino de poner nuestros sueños en sus manos y estar dispuestos a aceptar que Él pueda corregirlos, transformarlos o conducirnos por un camino diferente al que habíamos imaginado.

Y cuando comenzamos a caminar, necesitamos esa misma humildad para aceptar que no todo saldrá perfecto. El perfeccionismo puede paralizarnos porque pretende evitar justamente aquello que forma parte de cualquier camino real: los errores, las caídas y los fracasos.

Equivocarnos no significa que todo esté perdido. Muchas veces es precisamente así como aprendemos, corregimos el rumbo, crecemos y llegamos a hacer mejor las cosas.

Por eso, avanzar también implica estar dispuestos a caer, levantarnos y seguir aprendiendo, siempre abiertos a que Dios nos vaya mostrando por dónde continuar.

Entonces, ¿por dónde empiezo?

Tal vez no necesitas resolver hoy toda tu vida.

Escoge ese sueño que vuelve una y otra vez a tu corazón y ponlo delante de Dios.

Pregúntale qué quiere de ti. Discierne con sinceridad. Pide consejo si lo necesitas. Mira los talentos que Él te ha dado y piensa también cómo aquello que deseas puede convertirse en un bien para los demás.

Y después da un primer paso.

Puede que te equivoques. Puede que tengas que cambiar de dirección. Incluso puede que Dios termine llevándote hacia un lugar distinto del que imaginabas.

San Pablo decía: "Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante" (Filipenses 3,13-14).

Así que no dejes que el miedo a equivocarte te paralice.

Pon tus sueños en manos de Dios, pregúntale cuál es su voluntad… y atrévete a caminar.

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