Alexis Carrel nació en 1873 en el seno de una familia católica en un pequeño pueblo de Francia. Asistía regularmente a Misa y estudió en colegios católicos dirigidos por jesuitas.
Lamentablemente, al llegar a la universidad, se volvió agnóstico. Rechazó por completo la fe católica y ni siquiera estaba seguro de la existencia de Dios.
Sin embargo, no permanecería así. Un extraordinario milagro en Lourdes lo ayudaría a reencontrarse con la fe.
Como agnóstico, Carrel estudió biología y medicina, y llegó a convertirse en un científico de fama mundial. Desarrolló un método para mantener órganos vivos fuera del cuerpo, un gran avance hacia los trasplantes, creó nuevas técnicas para la limpieza de heridas y, lo más importante, inventó procedimientos para suturar grandes vasos sanguíneos, lo que le valió el Premio Nobel en 1912.
Por eso, su opinión sobre los supuestos milagros en Lourdes tenía tanta relevancia.
Aunque las apariciones originales en Lourdes ocurrieron en 1858, las personas de inicios del siglo XX (como sucede también hoy) seguían afirmando haber sido curadas por el agua de ese lugar. A pesar del gran número de supuestas curaciones, el estamento médico francés se oponía firmemente a la posibilidad de que estuviera ocurriendo algo sobrenatural.
El propio Carrel era también un fuerte escéptico, hasta que conoció a una joven llamada Marie Bailly.
En 1902, viajaba en tren rumbo a Lourdes con un amigo médico para ver con sus propios ojos aquella “histeria” cuando se encontró con Bailly, quien aparentemente padecía una enfermedad llamada peritonitis tuberculosa. Era una enfermedad mortal. Ella estaba apenas consciente y tenía el vientre muy hinchado.
Tratando de ayudarla, Carrel le administró morfina, pero dijo que no creía que siquiera sobreviviera el resto del viaje hasta Lourdes. Otros médicos en el tren llegaron a la misma conclusión.
Cuando llegaron, sus amigos la llevaron hasta la gruta, y sobre ella vertieron tres jarras de agua de Lourdes.
Con cada una, ella decía sentir un dolor ardiente en todo su cuerpo. Para asombro de los médicos presentes, su vientre comenzó a desinflamarse y a volver a un tamaño normal casi de inmediato, y su pulso regresó a un ritmo normal.
Para esa misma noche, ya se encontraba lo suficientemente bien como para cenar con normalidad.
El científico que había en Carrel no sabía qué pensar de todo aquello. Tenía que admitir que todo lo que conocía sobre la medicina hacía parecer que su curación había sido, en efecto, milagrosa. Pero sabía que afirmar públicamente haber presenciado un milagro arruinaría su carrera. Así que guardó silencio sobre todo lo ocurrido. Ni siquiera quería que la gente supiera que había ido a Lourdes.
Sin embargo, la curación de Bailly se convirtió rápidamente en noticia nacional.
Los medios informaron que Carrel había estado presente, pero que no creía que hubiera nada milagroso en lo sucedido. Esto no era del todo exacto, por lo que se vio obligado a publicar una respuesta.
En ella, reprendió a los creyentes por ser, en general, demasiado rápidos en calificar como milagroso algo inusual, pero también criticó al estamento médico por descartar la posibilidad de los milagros, afirmando que Bailly bien pudo haber sido curada milagrosamente.
¡Aquello desató un escándalo!
¿Cómo podía alguien tan profundamente formado en la ciencia y tan destacado en la medicina decir que la curación de Bailly podría haber sido milagrosa? Su carrera en Francia había terminado.
Incapaz de seguir trabajando en hospitales, se trasladó a Canadá y, finalmente, a Estados Unidos. Se unió al Instituto Rockefeller para la Investigación Médica en Nueva York y pasó allí el resto de su carrera. (Marie Bailly, por su parte, ingresó en un convento).
Así que estaba convencido de que la curación de la mujer podría haber sido milagrosa… ¿qué significaba eso para él en el plano espiritual?
No sabía muy bien qué hacer con ello, pues admitir plenamente que había presenciado un verdadero milagro en Lourdes le habría exigido replantearse sus creencias religiosas (o su ausencia de ellas).
Le tomó 25 años resolverlo en su corazón y en su mente, pero finalmente, en 1939, decidió reunirse con un sacerdote católico para considerar seriamente su regreso a la Iglesia.
Se hicieron amigos y, tres años después, anunció:
“Creo en la existencia de Dios, en la inmortalidad del alma, en la Revelación y en todas las enseñanzas de la Iglesia Católica”.
Y tan solo dos años después, falleció. Pero no sin antes recibir los últimos sacramentos en su lecho de muerte.
Dios lo había traído de regreso justo a tiempo.
