Mientras el mundo vive la emoción del Mundial 2026, el Padre David Jasso Ramírez conoce muy bien lo que significa estar cerca de la pasión que despierta el fútbol.

Antes de convertirse en sacerdote, trabajó durante siete años en el Club de Futbol Monterrey Rayados, donde ocupó distintos cargos hasta llegar a ser gerente deportivo. Vivió campeonatos, viajes, decisiones importantes y la intensidad de uno de los entornos más competitivos y admirados del deporte profesional.

Sin embargo, detrás de los logros y la emoción de las canchas, Dios seguía escribiendo una historia diferente.

Lo que pocos saben es que antes de trabajar en el fútbol, David había pasado más de ocho años en el Seminario de Monterrey (México). En 2003 tuvo que dejar la formación sacerdotal para madurar aspectos importantes de su vida. Aquella salida fue dolorosa, pero con el tiempo comprendió que Dios no había dejado de acompañarlo.

Durante su etapa en Rayados vivió experiencias que hoy recuerda como señales discretas de la acción de Dios. Una de ellas ocurrió tras la obtención de un campeonato. En medio de la celebración, cuando jugadores, cuerpo técnico y directivos permanecían en el vestidor junto al trofeo, el capitán del equipo le pidió que dirigiera una oración de agradecimiento. Algo similar sucedió durante un momento de duelo por la muerte de un familiar cercano a uno de los jugadores. En ambas ocasiones escuchó la misma frase: “Tú le sabes a estas cosas”.

“Creo que ellos veían en mí algo de lo cual yo no era consciente”, recuerda hoy.

Con el paso de los años, aunque su carrera profesional avanzaba y emprendía nuevos proyectos, una pregunta seguía resonando en su interior. El éxito laboral era valioso, pero no lograba responder completamente a los anhelos más profundos de su corazón.

“Dios no me estaba quitando algo; me estaba conduciendo lentamente hacia algo más profundo”, afirma.

Finalmente solicitó regresar al seminario.

No fue un proceso sencillo, pero descubrió que ninguna de las etapas vividas había sido un error. Por el contrario, el fútbol se convirtió en una escuela que le enseñó liderazgo, disciplina, trabajo en equipo, perseverancia y servicio, herramientas que hoy siguen formando parte de su ministerio sacerdotal.

Lejos de ver el deporte y la fe como mundos separados, el Padre David está convencido de que ambos tienen mucho en común.

“La vida es la cancha que Dios nos ha dado para sudar la camiseta y dar lo mejor de nosotros mismos”, explica.

Actualmente también evangeliza a través de las redes sociales y plataformas digitales, donde comparte reflexiones sobre espiritualidad, vocación y crecimiento humano. Desde su experiencia, entiende que los espacios digitales son hoy una verdadera tierra de misión, especialmente para acompañar a los jóvenes en sus búsquedas y preguntas más profundas.

A quienes persiguen el éxito profesional, pero sienten un vacío interior, les ofrece un mensaje lleno de esperanza: no tengan miedo de escuchar lo que sucede en su corazón.

“Nada de lo vivido ha sido inútil. Todo va teniendo sentido”, asegura.

Mirando su historia, desde los vestidores de un equipo campeón hasta el altar, el Padre David ha descubierto que la verdadera felicidad no consiste únicamente en alcanzar metas, sino en vivir con propósito. Porque, al final, la vocación no es perder la vida, sino encontrarla.

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