Durante la visita apostólica del Papa León XIV a Angola, un catequista compartió un testimonio que interpela: una historia que revela la valentía silenciosa de quienes llevan el Evangelio donde casi nadie llega. ¿Harías lo mismo por acercar más almas a Cristo?

El pasado 20 de abril, en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima en Luanda, Manuel de Almeida, de 61 años, fue elegido para representar a los catequistas de Angola en su encuentro con el Santo Padre.

Desde hace 35 años, camina largas distancias —hasta 10 km diarios— para llevar el Evangelio a comunidades donde los sacerdotes no siempre pueden llegar. 

Manuel es parte de la diócesis de Uíge, donde muchos catequistas sostienen la vida de fe en lugares remotos. Su tarea es sencilla de explicar, pero exigente de vivir: acompañar a las comunidades, fortalecer la fe y mantener el vínculo con la Iglesia. En muchos casos, ellos son la única presencia eclesial. 

No ha sido un camino fácil. Durante años ha tenido que caminar largas distancias en condiciones difíciles, bajo la lluvia, con cansancio y con la preocupación de sostener a su familia. En tiempos de conflicto, incluso fue detenido varias veces por hombres armados y acusado de colaborar con fuerzas enemigas. En ocasiones, tampoco se le permitía celebrar la Palabra. 

A pesar de todo, siguió adelante.

No porque fuera sencillo, sino porque asumió su misión con seriedad. Como él mismo lo dijo, el catequista es “un evangelizador a tiempo completo”, alguien que está disponible cuando la comunidad lo necesita.

En medio de su testimonio, recordó una expresión del primer obispo de Uíge, Mons. Francisco de Mata Morisca, con la que solía referirse a quienes viven esta misión: 

“Llamó a los catequistas ‘comandos de la evangelización’; sin duda, soy uno de ellos”.

No es una frase vacía. Resume la historia de una Iglesia que ha sabido mantenerse en pie en medio de la guerra, el aislamiento y la escasez, donde los catequistas han sido muchas veces la única presencia eclesial en las comunidades. Es lo que el Catecismo señala al hablar de la vocación de los laicos: no como colaboradores ocasionales, sino como verdaderos protagonistas de la misión (CIC 897).

Manuel también habló de las dificultades que siguen presentes: “la falta de catequistas, la proliferación de sectas religiosas, la creencia en la brujería, el mal estado de las carreteras y la falta de transporte”.

El Papa León XIV escuchó su historia y en su discurso, el Santo Padre señaló:

“Por último, su fidelidad, aquí en Angola, como debe ser en todo el mundo, está hoy particularmente ligada al anuncio de la paz. En el pasado han demostrado valentía al denunciar el flagelo de la guerra, al apoyar a las poblaciones atormentadas permaneciendo a su lado, al construir y reconstruir, y al señalar caminos y soluciones para poner fin al conflicto armado. Su aportación es reconocida y apreciada por todos. ¡Pero este compromiso no ha terminado! Promuevan, pues, una memoria reconciliada, educando a todos en la concordia y valorando, en medio de ustedes, el testimonio sereno de aquellos hermanos y hermanas que, después de haber atravesado dolorosas tribulaciones, lo han perdonado todo”.

Y fue directo a lo esencial:

“No dejen de denunciar las injusticias, ofreciendo propuestas inspiradas en la caridad cristiana”.

Anunciar la paz y denunciar la injusticia no son caminos opuestos, sino parte del mismo anuncio. Jesús llamó a sus discípulos a ser constructores de paz (Mt 5,9), pero también enfrentó lo que no estaba bien (Jn 2,15).

Como recuerda el Catecismo: “La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas” (CIC 2304).

Oremos por la Iglesia en Angola y por tantos catequistas que hoy siguen caminando, en silencio, sosteniendo la fe en lugares donde casi nadie mira.

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