Se acerca la fiesta de Pentecostés y es momento de revisar cómo está nuestra relación con el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, quien anima nuestra vida y clama en nuestro interior al Padre para hacernos cada vez más semejantes al Hijo.
Para poder recibirlo en nuestra vida, en el día de Pentecostés, podemos empezar a aplicar estas prácticas en nuestra vida cotidiana:
1) La alabanza y la gratitud
Quizá, lo que nos impide recibir gracias más abundantes de Dios es simplemente no reconocer y agradecer las que ya nos ha concedido. No hay duda de que si damos gracias a Dios con todo nuestro corazón por cada gracia recibida, Él nos concederá aún más.
Santa Teresa de Lisieux nos dice: “Lo que más atrae las gracias de Dios es la gratitud, pues si le agradecemos un bien, se conmueve y se apresura a concedernos diez más, y si se las agradecemos con la misma efusión ¡qué incalculable multiplicación de gracias! Yo tengo la experiencia, inténtalo y lo verás. Mi gratitud por todo lo que me da no tiene límites, y se lo demuestro de mil maneras”.
La alabanza nos dispone a recibir las mociones del Espíritu Santo. Expresar nuestro amor y devoción hacía Dios permite a nuestro espíritu estar más atento para reconocer todo lo que viene de Él.
Por eso, no dejemos de agradecer y alabar en momentos especiales, ante decisiones importantes, cuando estemos bien, o cuando nuestra vida se estanque.
2) Estar decididos a no negar nada a Dios
Que haya en nosotros una firme y constante determinación de hacer lo que Dios nos pide en todas las cosas, grandes o pequeñas. Sabemos que, por nuestra fragilidad, es evidente que no seremos capaces de obedecer en todo a Dios; sin embargo, apoyados en la oración podemos estar firmemente decididos a no descuidar ninguno de los deseos que Dios tiene para nuestra vida.
Es importante mantenernos en su presencia para no permitir que el demonio se valga de estos esfuerzos para turbarnos con inquietudes o para descorazonarnos cuando caemos.
3) Vivir una obediencia filial y confiada
Aceptar por amor de Dios todas las ocasiones legítimas que se nos ofrecen para vivir la obediencia en nuestra vida. Estar dispuestos a renunciar a nuestra propia voluntad, ideas, gustos, aficiones, por amor a Dios.
Estar atentos a las inspiraciones del Espíritu en nuestra vida permitirá que nos mantengamos dispuestos a amar, a cumplir los mandamientos, las enseñanzas de la Iglesia, las exigencias propias de nuestra vocación y de nuestra vida cotidiana.
4) Vivir el abandono
Los acontecimientos de la vida son un lugar seguro para descubrir la voluntad de Dios. Muchas veces, el Señor nos habla a través de los contextos más cotidianos. Si Dios nos ve dóciles a los acontecimientos; capaces de aceptar serena y amorosamente lo que nos "imponen" las circunstancias de la vida con un espíritu de confianza filial, no habrá duda de que hablará a nuestro corazón a través de su Espíritu.
Y, al contrario, si persistimos en rebelarnos y endurecernos ante las contrariedades, esta desconfianza no permitirá que el Espíritu Santo guíe nuestra vida. Con frecuencia, lo que más dificulta nuestro camino de santidad es nuestra resistencia para aceptar plenamente todo lo que nos sucede.
Santa Teresita decía: "Quiero todo lo que me contraría". Exteriormente esto no cambia en nada la situación, pero interiormente lo transforma todo: esa aceptación, inspirada por el amor, nos hace libres y permite a Dios sacar un bien de todo lo que nos sucede, tanto de lo bueno como de lo malo.
