Juan Enrique nunca había volado una misión para el Ejército del Aire de España como esta.

El 9 de junio de 2026, el cielo sobre Madrid estaba despejado, de un azul pálido que parecía extenderse hasta el infinito. Su avión de combate cortaba el aire con precisión. Bajo él se desplegaba el campo español y, a su lado volaba el avión de Iberia que llevaba al Papa León XIV de Madrid a Barcelona.

Mientras sobrevolaban España, el Santo Padre entró en la cabina para saludar a la tripulación. Uno de los pilotos le mostró fotos de Juan y le explicó que, además de servir como piloto del Ejército del Aire español, también era padre de familia y católico, muy consciente de que estaba escoltando al sucesor de Pedro sobre su propia tierra.

El momento se volvió enseguida muy personal.

El Papa León XIV, visiblemente complacido, saludó con la mano en dirección al avión de Juan. Desde su caza, Juan tomó una fotografía del avión papal y de su tripulación. Luego, a través de la radio, el Papa tomó el micrófono y le habló directamente.

“Buenas, un gusto y alegría conocerlo”, dijo el Papa León. “Gracias por todo. Gran honor”.

Para un hombre preparado para manejar la velocidad, la altitud y la precisión, aquello fue algo distinto: un momento de gracia vivido no en tierra firme, sino en los cielos de España.

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