Santa Catalina de Siena fue una mujer sencilla pero excepcional en su búsqueda de la santidad, su deseo de unirse a Jesús y su fortaleza femenina. En vísperas de su fiesta, queremos recordar un aspecto de su vida: la lucha contra las fuertes tentaciones a las que la sometía el demonio.

En el libro: “La vida de Santa Catalina de Siena”, escrito por Raimundo de Capua, confesor y testigo directo de gran parte de la vida mística y de los milagros de Catalina, hay un capítulo particular titulado: “de las admirables victorias que obtuvo sobre las tentaciones y de su extraordinaria intimidad con Nuestro Señor”, donde Catalina nos deja unos excelentes consejos para luchar contra el enemigo.

Esta biografía es considerada la fuente principal e insustituible para conocer la vida y espiritualidad de Catalina de Siena y en la que está, recogido de algún modo, el secreto para alcanzar la santidad.

1) La victoria mediante la Cruz

“Hija, si quieres adquirir la fortaleza debes imitarme. Yo podía con mi divino poder haber frustrado los esfuerzos de Satanás y tomado otras medidas para anularlos, pero quiero instruirte mediante mis ejemplos y enseñarte a vencerle por medio de la cruz. Si quieres tener poder sobre tus enemigos, toma la cruz como salvaguardia. ¿No te han enseñado mis apóstoles que yo corrí con alegría hacia una muerte tan ignominiosa como la del Calvario? (Hebreos 12, 2). Acepta por consiguiente las pruebas y las aflicciones; súfrelas no sólo con paciencia sino con placer; son tesoros duraderos, pues cuanto más sufras por mí, más te parecerás a mí y, de acuerdo con las enseñanzas del Apóstol, cuanto más te parezcas a mí en los sufrimientos, más cerca estarás de mí en la gracia y en la gloria. Considera, por consiguiente, mi amada hija, en atención a mí las cosas amargas como si fuesen dulces y ten la seguridad de que tu fortaleza acrecerá siempre”.

Catalina sacó tanto provecho de esta lección que sufría duras pruebas con alegría. En el libro se recoge que nada le servía de tanto consuelo como las penas y las aflicciones. Sufría cuando estaba privada de ellas, porque estaba segura de que eran las gemas preciosas que completarían su corona celestial.

2) Con el enemigo no debe discutirse nunca

Catalina ya fortalecida por el sufrimiento, fue duramente tentada por el demonio que comenzó por las tentaciones más humillantes y las presentó delante de su imaginación no sólo durante el sueño sino por medio de fantasmas que desfilaban ante sus ojos y oídos atormentándola de distintas maneras. Catalina combatió valerosamente haciendo sacrificios, mortificaciones y oración.

Constantemente repetía: “Confío en el poder del Señor; no en el mío”. En el libro se relata que después de mucha insistencia cuando el demonio ya no podía conseguir más, ella dándose cuenta de cuál era su estrategia y la clase de tentaciones que le hacía, enunció una regla que es:

“Con el enemigo no debe discutirse nunca, porque él tiene gran confianza en vencernos con la sutileza de sus razonamientos”.

3) No disminuir el fervor a pesar de nuestras faltas

“Cuando el espíritu cristiano se da cuenta de que disminuye su fervor a consecuencia de alguna falta o de alguna tentación permitida por la Providencia, debe continuar sus ejercicios espirituales y multiplicarlos en lugar de dejarlos o acortar su intensidad”.

Catalina, se concentraba siempre en la meta final, a pesar de que su alma se encontrara desolada. Ponía todas sus esperanzas en el cielo con la certeza de saber que Jesús la consolaría durante toda la eternidad. No eran las alegrías de este mundo las que la habían motivado a servirlo, sino la esperanza de poseerlo eternamente en el cielo, por eso, no abandonaba ninguna de sus piadosas prácticas y cantaba con mayor aliento las alabanzas a su creador.

En el libro se relata que después de estos períodos de lucha constante contra la tentación el Señor se le apreció y le dijo estas hermosas palabras que pueden servir de consuelo y ayuda a todos nosotros:

“'Catalina, hija mía -le dijo- considera lo que he sufrido por ti y nunca te resultará penoso el sufrir por mí'. Dicho esto, asumió una forma menos dolorosa con el fin de confortar a Catalina y le habló acerca de la victoria que ella acababa de conseguir. Ella, como lo hiciera San Antonio, le dijo: 'Señor, ¿dónde estabas tú cuando mi corazón era tan atormentado? -Yo estaba en el medio de tu corazón -repuso el Señor. -Ah, Señor -replicó Catalina-, Tú eras la eterna verdad y yo me inclino humildemente ante tu majestad, pero ¿cómo puedo creer que estabas en mi corazón cuando este estaba lleno de tan detestables pensamientos? - ¿Te dieron esos pensamientos agrado o dolor? -Una tristeza y pena excesivas. -Estuviste apenada y sufriste porque yo estaba oculto dentro de tu corazón. Si yo no hubiese estado allí, esos pensamientos habrían penetrado dentro de tu corazón y te habrían llenado de alegría, pero mi presencia te los hizo insoportables; tuviste la voluntad de rechazarlos porque estaban allí a pesar tuyo y precisamente porque no conseguías rechazarlos se te llenaba el alma de tristeza. Yo obré sobre tu alma y te defendí contra tu enemigo'”. 
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