Este año la Iglesia conmemora los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís (1226–2026), una ocasión especial para volver la mirada hacia la vida y el testimonio del “Poverello”.
En Asís, sus restos mortales —normalmente custodiados en la cripta de la basílica— han sido expuestos de manera excepcional para la veneración de los fieles durante este tiempo jubilar, como una invitación a conocer más de cerca su camino espiritual y su forma profundamente cristiana de afrontar la muerte.
En este contexto, mirar cómo San Francisco vivió su Tránsito —su “paso” a la Casa del Padre— no es solo un dato histórico bonito: es una catequesis viva sobre cómo un cristiano puede enfrentarse a la muerte sin miedo y con total confianza en Dios.
1) La Iglesia le puso un “nombre” especial al día de su muerte: el Tránsito
San Francisco no simplemente murió: la Iglesia llama a su partida el Tránsito, del latín “paso” o “cruce”.
En la tarde del 3 de octubre de 1226, “pasó” de esta vida a la vida eterna, y los franciscanos de todo el mundo celebran todavía una vigilia especial cada 3 de octubre para recordar sus últimas horas con lecturas, cantos y la luz de las velas.
2) Su fiesta litúrgica es en realidad su “cumpleaños en el cielo”
Celebramos la fiesta de San Francisco el 4 de octubre porque es el día después de su muerte: su dies natalis, su “día del nacimiento al cielo” o "cumpleaños en el cielo".
Como con muchos santos, la Iglesia honra el día en que entró en la vida eterna, no su cumpleaños terrenal, recordándonos que nuestra vida real comienza cuando vemos a Dios cara a cara. En 2025, Italia incorporó este día a su calendario de fiestas nacionales.
3) Pidió morir en su pequeña capilla favorita
Cuando Francisco se dio cuenta de que estaba muriendo, no quiso una gran catedral: pidió que lo llevaran de vuelta a la pequeña capilla de Santa María de los Ángeles, la Porciúncula.
Era la iglesita donde, por primera vez, escuchó y abrazó con claridad la llamada de Dios, así que quiso regresar allí para “devolver” su alma a Dios en el lugar donde todo había comenzado.
4) Eligió morir totalmente pobre — literalmente desnudo en el suelo
Fiel a su pobreza radical, Francisco pidió a los hermanos que lo pusieran desnudo sobre la tierra mientras agonizaba.
Quería dejar este mundo sin poseer nada, tal como Cristo murió despojado en la Cruz, y mostrar que confiaba solo en la misericordia de Dios, no en bienes, honores ni seguridades humanas.
5) Convirtió su lecho de muerte en una sesión de alabanza
Los últimos días de Francisco estuvieron llenos de alabanza, no de angustia.
Pidió a los hermanos que cantaran su Cántico de las Criaturas y, en especial, la parte sobre la “Hermana Muerte”, y se unió a ellos para alabar a Dios todo lo que pudo, incluso en medio de un gran dolor y casi ciego.
6) Dio la bienvenida a la “Hermana Muerte” en voz alta
Según sus primeros biógrafos, Francisco no solo escribió sobre la Hermana Muerte, sino que le habló.
Cuando se acercaba su última hora, se dice que pronunció: “¡Bienvenida, mi Hermana Muerte!”, recibiendo su propia muerte como a quien por fin lo conduciría a su Señor.
7) Hizo que sus últimos momentos recordaran la Última Cena
Francisco quiso que su muerte reflejara las últimas horas de Jesús. Pidió que se leyera el Evangelio de San Juan desde “Antes de la fiesta de la Pascua” y pidió pan, lo bendijo y lo compartió con sus hermanos como un signo de amor: un pequeño y humilde eco de la Última Cena.
8) Murió dando a sus hermanos una última bendición
Incluso cuando sus fuerzas se agotaban, Francisco pensaba en su comunidad.
Extendió los brazos en forma de cruz y bendijo a los hermanos, exhortándolos a amar a Dios, permanecer fieles a la Iglesia, abrazar la pobreza y la paciencia, y perseverar en la vida que habían elegido.
9) La “Hermano Jacoba” le llevó sus galletas favoritas
San Francisco pidió a su amiga laica, la beata Jacoba de Settesoli, que fuera a verlo… y que le llevara sus galletas de almendra favoritas.
Con cariño la apodó “Hermano (sí, con "o") Jacoba” para que pudiera visitar el convento sin causar escándalo y la tradición cuenta que muchos franciscanos todavía comparten dulces de almendra en torno al Tránsito, recordando ese gesto dulce y tan humano en su lecho de muerte.
10) Murió con dolor... pero sin miedo
A los 44 años, Francisco estaba gravemente enfermo, casi ciego y marcado por los estigmas. Sin embargo, afrontó la muerte con serenidad, convencido de que en Cristo el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra.
San Francisco contemplaba la muerte como un camino de conversión, desapego y confianza en Dios. Lejos de ser macabra, la iconografía que lo muestra con calaveras tiene un sentido bíblico: recuerda la fugacidad de la vida terrenal y la necesidad de vivir siempre de cara al Señor.
Mirando cómo se preparó para morir, unido a Cristo crucificado, aprendemos también nosotros a disponernos para nuestro propio tránsito con oración, sacramentos, penitencia, caridad y una confianza total en la misericordia de Dios.
