No es sorprendente afirmar que a muchos de nosotros nos gusta alguna película de Disney. Quizá en nuestra infancia nos identificamos con alguna de sus historias, tal vez nos trae recuerdos de una época especial o simplemente disfrutamos de su banda sonora.

Este particular cariño que tenemos por algunas de estas historias, puede nacer de un factor común, la capacidad de responder a preguntas profundamente humanas: ¿qué hacemos cuando sentimos que estamos llamados a algo más grande? ¿De dónde nace el verdadero valor? ¿Podemos cambiar después de equivocarnos? ¿Qué significa reconocer la dignidad de alguien a quien los demás rechazan?

Precisamente por eso, estas películas pueden convertirse en una peculiar puerta de entrada para comprender temas que aparecen una y otra vez en la vida de los santos. No se trata de afirmar que un personaje de Disney es equivalente a un santo, ni de convertir una película en una alegoría cristiana; se trata de reconocer actitudes, conflictos y valores semejantes que nos ayuden a mirar la santidad como una realidad cercana.

Inspirados en el video de la cuenta de Instagram patricia.friends, en este artículo les dejamos 5 ejemplos que, desde nuestra perspectiva, son bastante oportunos:

1. Moana y Santa Francisca Javier Cabrini: dejar la seguridad para responder a una llamada

Moana vive en una isla que conoce perfectamente. Allí está su familia, su pueblo y todo aquello que le resulta familiar. Sin embargo, siente que debe aventurarse más allá de los límites que conoce. El viaje no es sencillo. Salir significa abandonar la seguridad de casa, enfrentarse a lo desconocido y aceptar una misión cuyo alcance no puede comprender desde el principio.

Algo parecido encontramos en la vida de Santa Francisca Javier Cabrini. Nacida en Italia, sintió una fuerte llamada misionera que la impulsó a seguir. Su deseo era llegar a China, pero la providencia la llevó en otra dirección: el papa León XIII le pidió que fuera a Estados Unidos para atender a los inmigrantes italianos que llegaban al país. Cabrini dejó atrás su tierra y en su lugar de misión, fundó escuelas, orfanatos y hospitales, dedicando su vida a ayudar a personas que necesitaban acompañamiento y oportunidades.

La similitud con Moana no está en los acontecimientos concretos, sino en la actitud ante una llamada que exige salir de la propia seguridad. La santidad comienza precisamente ahí: cuando una persona descubre que su vida está llamada a salir de su zona de confort y arriesgarse a amar.

2. Mulán y Santa Juana de Arco: valentía cuando nadie espera

En Mulán, la protagonista se encuentra ante una situación extraordinaria. Su familia espera de ella una determinada forma de comportarse, sin embargo, las circunstancias la llevan a tomar una decisión que exige una enorme valentía. Mulán se introduce en un mundo dominado por hombres y demuestra que el valor no depende de los estereotipos ni de las expectativas que los demás hayan puesto sobre nosotros.

La historia de Santa Juana de Arco presenta, salvando las distancias, un tema parecido. Juana era una joven campesina en un contexto marcado por la guerra que recibió una misión y terminó desempeñando un papel extraordinario en la historia de Francia. Así como Mulán, no era la persona que el mundo habría escogido naturalmente para una empresa semejante: era mujer, joven y sin experiencia militar. Sin embargo, respondió con una valentía que terminó convirtiéndola en una de las figuras más conocidas de la historia.

La analogía con Mulán nos permite detenernos en una idea importante: la valentía cristiana no consiste en tener todas las capacidades o garantías. Los santos no siempre fueron las personas que parecían más preparadas según los criterios humanos, la mayoría de las veces fueron personas dispuestas a responder a Dios con valentía y con la ayuda de su gracia.

3. El Rey León y San Agustín de Hipona: volver a casa después de haberse perdido

Simba huye después de la tragedia que experimenta, abandona su hogar y trata de construir una nueva vida lejos de aquello que le causa dolor. Durante un tiempo encuentra una manera de vivir que parece funcionar: nuevos amigos, nuevas experiencias y una filosofía basada en dejar atrás los problemas. Pero el pasado no desaparece simplemente porque intentemos olvidarlo. Gracias a la sabiduría de Rafiki y al recuerdo de su Padre, Simba comprende que tiene que regresar. Hay una responsabilidad que no puede seguir evitando y un lugar que le corresponde ocupar.

La vida de San Agustín de Hipona puede ayudarnos a comprender la dimensión espiritual de esta historia. Agustín pasó muchos años buscando la felicidad y la verdad en distintos lugares. Tuvo una juventud marcada por errores y deseos que no consiguieron darle la plenitud que anhelaba. Finalmente encontró en Dios aquello que durante tanto tiempo había buscado lejos de Él. Por eso, una de las ideas más hermosas que podemos extraer de esta comparación es que perderse no es un viaje sin retorno, siempre podemos volver a la casa paterna. La santidad no es una historia de perfecciones, es una historia de regresos.

Tanto para San Agustín como para Simba, Dios salió al encuentro justo en el momento en el que debían dejar de huir y volver a casa.

4. Hércules y San Ignacio de Loyola: descubrir para qué vale la vida

Hércules tiene una pregunta que atraviesa toda la película: ¿quién soy realmente y cuál es mi lugar? Al principio, su idea de convertirse en un héroe está muy relacionada con la fuerza, la fama y el reconocimiento. Quiere demostrar lo que vale, pero a medida que avanza la historia, descubre que ser un héroe no consiste en ser fuerte o admirado, la grandeza tiene que ver con lo que está dispuesto a entregar por los demás.

Aquí podemos encontrar un interesante punto de contacto con la vida de San Ignacio de Loyola. Ignacio comenzó su vida adulta como caballero y aspiraba a la gloria propia de su mundo: honor, prestigio y reconocimiento. Una grave herida durante la batalla cambió sus planes y desencadenó una profunda transformación interior. Poco a poco, Ignacio pasó de preguntarse cómo alcanzar la gloria personal a preguntarse cómo poner su vida al servicio de una misión mayor. 

La historia de Hércules e Ignacio es, en cierta manera, la historia de un cambio de definición de la grandeza: ya no se trata de ser importante ante los ojos del mundo, sino de descubrir qué quiere Dios y de poner los talentos al servicio de ese propósito.

5. El jorobado de Notre Dame y San Damián de Molokai: reconocer la dignidad de los demás

Pocas historias de Disney permiten reflexionar tanto sobre la mirada que tenemos hacia los demás como El jorobado de Notre Dame. Quasimodo vive apartado y es tratado como alguien extraño debido a su apariencia. La película plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la sociedad deja de ver realmente a una persona y comienza a verla solamente como una etiqueta?

La vida de San Damián de Molokai nos lleva a una realidad todavía más profunda. En el siglo XIX, decidió dedicar su vida a los enfermos de lepra que fueron enviados a la colonia de Kalaupapa, en Hawái. Eran personas rechazadas y tratadas como marginados. Damián no se limitó a visitarlos ocasionalmente; vivió entre ellos, construyó una comunidad, atendió a los enfermos y compartió sus condiciones de vida. Finalmente, él mismo contrajo la enfermedad y murió a causa de ella.

La dignidad de una persona no desaparece cuando los demás dejan de reconocerla. La santidad de Damián nos recuerda que el cristiano está llamado a mirar particularmente a aquellos que otros prefieren ignorar. El pobre, el enfermo, el extranjero, la persona con discapacidad, el anciano o el preso no son categorías, son personas, como Quasimodo lo era.

Quizá lo más interesante de estas comparaciones es que ninguna de estas historias necesita convertirse en una “película religiosa” para ayudarnos a pensar en la santidad. 

Moana nos habla de salir de la seguridad para responder a una llamada, Mulán, de tener valor cuando nadie espera que lo tengamos, El Rey León, de regresar a la casa paterna, Hércules, de descubrir la verdadera grandeza y El jorobado de Notre Dame, de aprender a mirar la dignidad de quienes otros rechazan; verdades que resignificaron la vida de cientos de hombres y mujeres que, a pesar de sus miedos y errores, respondieron a la llamada de Dios.

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