En los primeros siglos del cristianismo, cuando seguir a Cristo podía costar la vida, brillaron dos mujeres cuya fe atravesó el tiempo: Perpetua y Felicidad. Su historia no es solo un relato antiguo de persecución, sino un testimonio vivo de esperanza, libertad interior y fidelidad a Dios por encima de todo.

Sus nombres se leen en la Plegaria Eucarística del Canon Romano de la Misa, porque fueron dos santas profundamente veneradas en la Iglesia primitiva, cuyo testimonio quedó guardado en las Actas de los mártires. 

Les dejamos algunas claves para entender quiénes fueron estas dos valientes mujeres:

1. Su contexto histórico

Perpetua y Felicidad vivieron en el siglo III en Cartago, en el norte de África, y fueron arrestadas hacia el año 203 durante la persecución del emperador Septimio Severo por profesar la fe cristiana. Perpetua era una joven noble y madre de un niño pequeño. Felicidad, en cambio, era su esclava y estaba embarazada. Unidas por la fe, enfrentaron juntas el martirio. Con ellas fueron condenados otros esclavos y su catequista, el diácono Sáturo, quien las había instruido en la fe y preparado para el bautismo, y que se entregó voluntariamente.

En el texto de las actas de los mártires se lee:

“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre, madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito al que alimentaba ella misma. Contaba unos veintidós años”.

2. El valor de la fe por encima del miedo

Uno de los aspectos más conmovedores es el diario de Perpetua, uno de los textos cristianos más antiguos escritos por una mujer. En él relata sus visiones, sus luchas interiores y el dolor de separarse de su hijo.

Su padre, pagano, intentó persuadirla para que negara su fe y salvara su vida. Pero Perpetua respondió con una firmeza serena:

“Cuando todavía -dice- nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejará en su empeño de derribarme: - Padre –le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro? - Lo veo – me respondió. - ¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene? - No. - Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana”.

3. La fuerza en la debilidad

Felicidad dio a luz en prisión pocos días antes de su martirio. Según lo escrito en las Actas de los mártires, al escuchar sus gritos de parto, un guardia de la prisión le dijo:

“- Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar? Y ella respondió: - Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él. Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija”.

 4. Su martirio y legado espiritual

Después de múltiples tormentos, ambas fueron llevadas al anfiteatro y murieron por su fe; a Felicidad le cortaron la cabeza de un machetazo, pero el verdugo que tenía que matar a Perpetua estaba muy nervioso y erró el golpe. Ella dio un grito de dolor, pero extendió bien su cabeza sobre el cepo y le indicó al verdugo con la mano, el sitio preciso de su cuello donde debía darle el machetazo. Así, hasta el último momento demostró que si moría mártir era por su propia voluntad.

La Iglesia celebra su memoria cada 7 de marzo.

La historia de Perpetua y Felicidad, se difundió rápidamente entre los cristianos, convirtiéndose en símbolo de: la fidelidad en medio de la persecución, la igualdad en la fe (una noble y una esclava unidas como hermanas), la fortaleza femenina en la Iglesia primitiva y la esperanza en la vida eterna a pesar de los tormentos.

Perpetua y Felicidad son consideradas patronas de las madres y de las mujeres embarazadas.

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