¿Puede una sola Comunión cambiar una vida para siempre? La historia de San Francisco Marto, el pequeño pastor de Fátima que murió con apenas 10 años, nos invita a redescubrir la grandeza de la Eucaristía y el valor del silencio y la adoración.
Cada 20 de febrero celebramos a Santa Jacinta y San Francisco Marto, los hermanitos pastores que, junto a su prima Lucía dos Santos, fueron testigos de las apariciones de la Virgen de Fátima.
Un niño marcado por la Eucaristía
Francisco fue un niño muy humilde cuya vida giró en torno a un gran amor: Jesús Eucaristía. Murió con solo 10 años, pero su historia sigue interpelando profundamente: solo recibió a Jesús sacramentado una vez… y esa única Comunión le bastó para vivir y morir como un verdadero santo.
Desde las apariciones del Ángel y de la Virgen en Fátima, Francisco quedó marcado por una misión muy concreta: consolar a Jesús, “tan ofendido” por los pecados del mundo. Mientras otros se quedaban solo en la curiosidad que despertaba los mensajes, él prefería el recogimiento, la oración y la adoración. Amaba estar “con Él”, sin muchas palabras, solo corazón a corazón.

A Jesús en el Sagrario lo llamaba con ternura “Jesús Escondido”. Le gustaba pasar largos ratos en la pequeña iglesia del pueblo simplemente acompañando al Señor. Mientras los demás niños corrían a jugar, él prefería ir al templo para no dejar solo a su “Jesús Escondido”. Su manera de amar era simple, pero profunda: estar con Jesús, consolarlo y ofrecer pequeños sacrificios diarios con un corazón generoso.
Cuando la enfermedad llegó, siendo todavía un niño, Francisco entendió su dolor como una nueva forma de unirse a la cruz de Jesús y de la Virgen. Su mayor anhelo, casi una “obsesión” santa, era recibir la Comunión antes de morir. Se preparó con una seriedad que conmueve: confesión, oración, silencio, ayuno. Sabía muy bien que no iba a recibir algo, sino a Alguien.
El día de su primera y única Comunión fue, para él, el momento más grande de su vida. Ese Jesús al que había adorado durante tanto tiempo en el Sagrario se le entregaba ahora en el corazón. No necesitó más. Una sola Comunión, vivida con un amor ardiente, bastó para colmar su existencia.
Un testimonio que nos interpela
En una época en la que muchos comulgamos casi por rutina, San Francisco Marto nos lanza una pregunta que nos interpela:
¿Cómo está mi corazón cuando me acerco a la Eucaristía?
Su ejemplo nos invita a redescubrir la adoración, a volver al Sagrario de nuestra parroquia, a pasar tiempo con el “Jesús Escondido” aunque nadie nos vea ni nos aplauda.

La vida de este pequeño pastor nos recuerda que la santidad no depende de la edad, el lugar o el número de sacramentos que recibimos, sino del amor con el que nos encontramos con Jesús. Una sola Comunión bien vivida cambió para siempre el corazón de Francisco… y puede cambiar el nuestro también.
