Rezar por la conversión de alguien que amas puede convertirse en una espera larga y silenciosa. A veces parece que nada cambia. Sin embargo, la historia de San Pablo nos recuerda que Dios puede actuar cuando menos lo esperamos. Hoy, tú también puedes confiar esa conversión en el lugar donde el Señor llamó a Pablo.
La aplicación y sitio web católico Hozana recuerda que, cuando una persona querida se aleja de la fe, es fácil sentir que nuestras oraciones no son escuchadas. Pasan los años y todo parece igual. Pero la vida de San Pablo nos enseña que, incluso cuando no lo vemos, Dios nunca deja de obrar.
Cuando Dios irrumpe en una vida
Antes de convertirse en uno de los grandes apóstoles de la Iglesia, San Pablo se llamaba Saulo y perseguía a los cristianos. Estaba seguro de estar haciendo lo correcto, hasta que, camino a Damasco, una luz del cielo lo derribó y escuchó una voz que cambió su historia para siempre:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9,4).
Saulo quedó ciego y fue conducido a Damasco, donde permaneció tres días sin ver, sin comer ni beber. Todo parecía detenido, pero en ese silencio Dios ya estaba transformando su corazón.
El lugar donde la conversión se hizo concreta
Fue en la casa de San Ananías, en Damasco, donde la conversión de Pablo se volvió realidad. Ananías, un discípulo de Jesús, obedeció la voz del Señor, impuso las manos sobre Saulo y le dijo:
“Hermano Saulo, el Señor Jesús me envía para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9,17).
En ese mismo lugar, Saulo recuperó la vista, fue bautizado y comenzó una vida nueva. Un corazón cerrado se transformó en un corazón totalmente entregado a Dios.
Por eso, encomendar una intención en este lugar no es solo un gesto simbólico. Es confiarle a Dios lo que más duele: un nombre, una historia, una espera que parece no tener fin.
Dios escucha incluso cuando todo parece en silencio
El testimonio de Lea, del equipo Hozana, lo expresa con mucha claridad. Durante años, su abuela rezó por ella con constancia, aun cuando Lea no creía en Dios.
“Mi abuela rezó por mí durante años, cada domingo, con mucha constancia. Me hablaba de Dios y me escribía una carta todos los meses, incluso sabiendo que yo no creía. Yo no veía ningún fruto de esa oración… pero ella sí: ella confiaba en que Dios obraba en silencio”.
Como Saulo, Lea no veía nada, pero alguien rezaba por ella. Con el tiempo, esa oración dio fruto. Lea vivió su propia conversión y, después, le tocó a ella rezar por alguien más: quien entonces era solo un amigo y hoy es su esposo, para que volviera al camino de la fe.
“Con el tiempo, entendí que Dios escucha todas las oraciones y que, aunque no veamos una respuesta inmediata, tarde o temprano terminan dando fruto”.
La oración no se perdió. Solo estaba esperando su momento.
Encomienda hoy tu intención
A través de Hozana, puedes enviar tu intención, y el equipo se compromete a imprimirla y llevarla físicamente a la casa de San Ananías, en Damasco, el mismo lugar donde San Pablo recibió el bautismo y comenzó una historia que cambió la Iglesia para siempre.
Tal vez hoy no veas resultados. Tal vez todo siga igual. Pero como la abuela de Lea, como Ananías, como tantos antes que tú, puedes confiar.
Porque Dios nunca deja una oración sin respuesta.
