El 29 de abril de 1991, a las 11 de la mañana, un sargento de la Policía Militar entró en la casa parroquial de Salgueiro (Brasil) y disparó contra el párroco. Fueron cinco disparos. La muerte fue inmediata.
El sacerdote tenía 63 años. Se llamaba Padre José Maria Prada, y murió porque se negó a celebrar un matrimonio inválido.
Una vida entera de misión
Nacido en 1928, en el noreste de Portugal, ingresó siendo aún joven a la Congregación del Santísimo Redentor, más conocidos como Redentoristas, y fue ordenado sacerdote en 1953. Dos años después partió como misionero a Angola, donde permaneció por más de dos décadas, viviendo una rutina exigente y marcada por el servicio a los demás.
Más tarde llegó a Brasil. Pasó por el interior de São Paulo y, ya en la década de 1980, fue enviado al sertón pernambucano. Sirvió en varias ciudades hasta llegar a Salgueiro, donde asumió la parroquia de San Antonio.
Quienes lo conocieron hablan de un sacerdote sencillo, cercano al pueblo y firme en aquello en lo que creía.
El “no” que no podía negociar
La situación comenzó como algo habitual: un hombre buscó al sacerdote para casarse por la Iglesia.
El Padre José Maria hizo lo que cualquier sacerdote debe hacer: investigar. Entonces descubrió que el hombre ya estaba casado sacramentalmente con otra mujer.
La Iglesia es clara sobre esto:
“El matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás” (CIC 1640).
Ante eso, no había nada que negociar. La respuesta fue no.
El hombre insistió, regresando varias veces más. Intentó presionar, ofreció dinero y comenzó a amenazarlo.
El sacerdote no cedió. No alteró registros, no relativizó la situación ni buscó una “salida fácil”.
Según relatos de la época, dijo que prefería morir antes que celebrar aquel matrimonio.
Cuando la amenaza se hizo realidad
El 29 de abril, el sargento regresó.
Entró en la casa parroquial y disparó.
Así terminó la vida de un sacerdote que permaneció fiel a sus principios hasta el final.

Lo que quedó en la memoria
El funeral reunió al obispo, sacerdotes de la región y a una multitud de fieles.
Muchos recuerdan un momento en particular: la camisa que el Padre José Maria llevaba puesta el día del asesinato, todavía manchada de sangre, fue llevada al frente del cortejo fúnebre.

No hacían falta palabras.
Su corazón fue conservado en la Iglesia de San Antonio con una inscripción:
“Mártir de la santidad del matrimonio”.
Por qué esto sigue importando
Hasta hoy no existe un proceso formal de beatificación abierto en Roma. Aun así, su memoria permanece viva en la comunidad. Y no es difícil entender por qué.
El Padre José Maria no murió por una formalidad. Murió defendiendo algo concreto: la fidelidad al matrimonio, la verdad de los sacramentos y la coherencia entre la fe y la vida.
“La historia recuerda a San Juan Bautista, quien también fue asesinado por denunciar una unión ilegítima.
Una pregunta que permanece
Esta no es solo una historia del pasado. Sigue siendo actual porque toca algo que todos enfrentamos en algún momento:
