En los siglos XVI y XVII, Lima fue escenario de un hecho extraordinario para la Iglesia: cinco santos vivieron en una misma ciudad y posiblemente se conocieron entre ellos, convirtiendo al Perú en un verdadero faro de santidad para el continente.
Durante el Virreinato, Lima fue hogar de cinco grandes santos: Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, San Juan Macías, San Francisco Solano y Santo Toribio de Mogrovejo. Lejos de ser figuras aisladas, varios de ellos llegaron a conocerse y formar una amistad.
1. Santa Rosa de Lima (1586–1617)

Isabel Flores de Oliva nació en Lima en 1586 y desde niña fue llamada “Rosa” por su belleza. A los once años se trasladó con su familia a Quives, debido a dificultades económicas. Allí fue confirmada por Santo Toribio de Mogrovejo.
De regreso en Lima, llevó una vida sencilla marcada por el trabajo, la oración, la penitencia y la ofrenda de sus sufrimientos por la Iglesia y los pecadores. Consagró su virginidad a Dios y, en 1606, ingresó como terciaria dominica, tomando el nombre de Rosa de Santa María.
Tuvo profundas experiencias místicas, una gran devoción a la Eucaristía y se distinguió por su intensa caridad con enfermos, pobres y esclavos. En ese contexto conoció a San Martín de Porres, con quien compartió el servicio a los más necesitados.
Murió el 24 de agosto de 1617, a los 31 años. Fue canonizada en 1671, convirtiéndose en la primera santa de América y patrona del continente, Filipinas e Indias Occidentales.
2. San Martín de Porres (1579–1639)

Juan Martín de Porres Velázquez nació en Lima en 1579, hijo de un noble español y de una mujer negra liberta. Recibió el sacramento de la Confirmación de manos de Santo Toribio de Mogrovejo.
Debido a su condición de hijo ilegítimo, ingresó a la Orden de Predicadores como hermano donado, desempeñando los oficios más humildes del convento, razón por la que es conocido como “el santo de la escoba”.
Desde joven se distinguió por su profundo amor a los pobres y enfermos. Aprendió nociones de medicina y sirvió como enfermero. Su humildad y caridad le ganaron el aprecio de la comunidad, y en 1603 hizo su profesión religiosa como dominico. Entabló una estrecha amistad con San Juan Macías y conoció a Santa Rosa de Lima, con quienes compartió el servicio a los más necesitados.
Murió el 3 de noviembre de 1639. Fue canonizado el 6 de mayo de 1962 por San Juan XXIII, quién lo proclamó patrono universal de la paz y de la justicia social.
3. San Juan Macías (1585–1645)

Juan Macías nació en 1585 en Ribera del Fresno, España, y quedó huérfano desde niño. Tras trabajar como pastor, viajó a América en busca de una vida mejor, recorriendo varias ciudades hasta establecerse en Lima, donde pasó el resto de su vida.
Trabajó en el campo y cultivó una profunda vida de oración, especialmente a través del rezo del Rosario. Movido por su amor a Dios, ingresó a la Orden de Predicadores y recibió el hábito dominico en 1622. Se le asignó la portería del convento, desde donde se convirtió en consejero y apoyo de pobres, enfermos y personas de toda condición social.
Recorrió las calles pidiendo limosna para los necesitados y fue conocido por su caridad incansable. Entabló una estrecha amistad con San Martín de Porres, con quien compartió la vida dominica y el servicio a los más pobres.
Destacó también por su intensa oración de intercesión, especialmente por las almas del purgatorio, motivo por el que es recordado como el “ladrón del purgatorio”. Murió en 1645 y fue canonizado por el Papa San Pablo VI en 1975.
4. San Francisco Solano (1549–1610)

Francisco Sánchez Solano Jiménez nació en Montilla, España, en 1549, ingresó a la Orden Franciscana atraído por la vida de San Francisco de Asís. Fue ordenado sacerdote en 1576 y, tras algunos años de formación y servicio, fue enviado como misionero a América.
Durante más de 20 años, recorrió extensos territorios de Sudamérica, evangelizando y acompañando espiritualmente a colonos y esclavos. Se destacó por su don de lenguas, su amor por la música, y por numerosos milagros y curaciones atribuidos a su intercesión.
San Francisco Solano fue reconocido por su alegría contagiosa, su cercanía con los enfermos y marginados, y su ardiente celo misionero. Murió en Lima el 14 de julio de 1610, dejando un testimonio de fe, caridad y entrega total a Cristo.
5. Santo Toribio de Mogrovejo (1538–1606)

Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en Mayorga, España, en 1538, fue jurista y profesor en Salamanca. Aunque era laico, fue nombrado arzobispo de Lima y consagrado obispo en 1580, asumiendo la conducción de una de las diócesis más extensas de América.
Durante 27 años de episcopado, impulsó una profunda renovación de la Iglesia, promovió la justicia y organizó la vida eclesial. Fundó el primer seminario de América Latina, convocó concilios y sínodos decisivos, y promovió la evangelización en lenguas nativas como el quechua y el aymara.
Gran pastor misionero, recorrió incansablemente el virreinato del Perú para llevar el Evangelio hasta los lugares más alejados. Murió el 23 de marzo de 1606, en Jueves Santo. En 1983, el Papa San Juan Pablo II lo declaró Patrono del Episcopado Latinoamericano.
