Entrar en la presencia de Dios no es algo fácil ni inmediato. Requiere aprender a vivir el silencio, tanto interior como exterior. Este silencio nos ayuda a entrar en lo profundo de nuestro corazón, escuchar al Padre y parecernos más al Hijo, que vivió esta virtud de manera ejemplar.
El silencio es clave para la oración, porque nos permite escuchar a Dios en nuestra vida concreta. En él encontramos fuerza y una verdadera unión con Él. Su gracia se convierte en nuestro apoyo, ayudándonos a vivir mejor nuestro día a día, uniendo nuestros pensamientos, acciones y vida con los suyos.
A continuación, algunos consejos para vivir más en la presencia de Dios:
1. Acallar nuestros sentidos:
Se trata de identificar qué sentidos nos distraen más: la vista, el oído o el habla.
- El silencio de la boca nos ayuda a dejar de hablar para poder escuchar a Dios y a los demás.
- El silencio de los ojos nos ayuda a ver a Dios en la realidad. Nuestros ojos son como ventanas por donde entra tanto lo bueno como lo que puede distraernos.
- El silencio de los oídos nos permite evitar ruidos, conversaciones o contenidos que no edifican nuestra alma.
Este ejercicio requiere esfuerzo, pero nos ayuda a vivir con mayor atención a Dios.
2. La postura:
La postura del cuerpo induce a una determinada respuesta interior. Cuando estamos tensos o inquietos, nos distraemos con facilidad, mientras que el equilibrio corporal favorece el sosiego y la armonía. Por eso cuando oramos o realizamos nuestras tareas cotidianas, procuremos tener una postura receptiva, relajada; dispuesta para la escucha y la atención.
3. La respiración:
La respiración consciente puede ayudarnos a serenarnos y a disponernos para la oración. Respirar con calma —por ejemplo, usando el diafragma— y hacerlo de manera atenta nos ayuda a recogernos interiormente. Al inicio de la oración, puede servir para concentrarnos; y durante ella, para mantenernos en la presencia de Dios.
También en la vida diaria, ser conscientes de la respiración nos ayuda a mantener la calma y a actuar con mayor serenidad. La respiración dispone nuestro interior y nos permite entrar en la presencia de Dios, así hablará Él, aunque no lo notemos.
4. Tomar distancia interior:
El silencio nos ayuda a tomar cierta distancia de lo que nos inquieta o nos desgasta. No se trata de huir de la realidad, sino de mirarla con más claridad. Esto nos permite reconocer lo que vivimos, llevarlo a la oración y dialogarlo con Dios. Así dejamos de ser meros espectadores de nuestra vida y empezamos a vivir con mayor conciencia. Con los sentidos, la mente y el corazón más ordenados, se nos hace más fácil escuchar a Dios y unirnos a Él.
5. El silencio de mente y corazón:
Cuando logramos aquietar nuestros pensamientos y emociones, empezamos a hacer espacio para Dios. Poco a poco, aprendemos a guardar lo importante en el corazón y a dejar de lado el ruido interior, para que sea Dios quien habite en nosotros.
Jesús siempre está dispuesto a encontrarse con nosotros en el silencio.
Allí nosotros lo escucharemos, Él hablará a nuestro espíritu y nosotros podemos escuchar su voz. Desde estas disposiciones ejercitamos, desde el exterior, nuestro interior, para recoger nuestro ser en Dios y poder recibir todo de Él.
