Desde siempre, la Iglesia ha querido introducirnos en las profundidades del misterio de la Eucaristía. Sin embargo, a veces, ponemos poca atención a lo que verdaderamente sucede en ella y nos dejamos distraer por elementos externos que no son tan importantes.
Para aprovecharla realmente recuperemos, en palabras del Cardenal Raniero Cantalamessa, el “estupor eucarístico”, es decir, la capacidad de asombrarnos nuevamente ante la “enormidad” (así la define Claudel) que es la Eucaristía.
Vamos a Misa no solo porque es una costumbre, ni un rito que se repite, vamos porque allí tenemos un encuentro vivo con Cristo, una invitación a detenernos y a dejar que Él transforme nuestro corazón.
Es por eso que, para vivirla con mayor profundidad, te compartimos estos cinco consejos espirituales:
1. Prepararnos antes de llegar
La Misa comienza mucho antes de entrar al templo. Prepararnos adecuadamente unos minutos antes de llegar, en silencio, recitando una breve oración o disponernos y leer las lecturas del día pueden abrir nuestro corazón y disponer nuestra alma. Llegar con tiempo ayuda a dejar atrás el ruido exterior y a recordar a Quién vamos a encontrar.
2. Participar con todo nuestro ser
No se trata solo de estar presentes físicamente: cantemos, respondamos, escuchemos con atención y ofrezcamos nuestras intenciones. Cada gesto y cada palabra tienen un sentido profundo. Cuando participamos activamente, la Misa deja de ser algo “que vemos” y se convierte en algo que vivimos activamente.
3. Escuchar la Palabra como si fuera para cada uno
Porque lo es. Dios habla de manera personal a través de las lecturas y de la homilía. Un buen ejercicio consiste en preguntarnos: ¿qué me quiere decir hoy el Señor? A veces una sola frase puede iluminar una situación concreta de nuestra vida. Escuchando las lecturas podemos ser tocados por su actualidad. Las cosas que allí sucedieron tienen lugar en el ahora de nuestra vida.
En la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un sentido nuevo y más fuerte que cuando son leídas en otros contextos. Como con los discípulos de Emaús: cuando escucharon la explicación de las Escrituras su corazón se ablandó de modo que fueron capaces de reconocer a Jesús en la fracción del pan: la Palabra nos prepara para recibir a Jesús en la comunión.
4. Ofrezcamos nuestra vida
En el momento en que el pan y el vino son llevados al altar, ofrezcamos también nuestras alegrías, luchas, preocupaciones y agradecimientos. Unamos nuestra vida al sacrificio de Cristo. Nada de lo que llevamos en el corazón es pequeño para Dios.
En el ofertorio y en la consagración hay dos cuerpos de Cristo en el altar: está su cuerpo real (nacido de la Virgen María) y está su cuerpo místico que es la Iglesia. Allí estamos inseparablemente unidos. En el gran “Yo” de la Cabeza se esconde el pequeño “yo” del cuerpo que es la Iglesia. Nuestra ofrenda y la ofrenda de la Iglesia no sería nada sin la de Jesús; y la ofrenda de Jesús, sin la de la Iglesia, no sería suficiente. Cada uno de nosotros se puede preguntar: ¿qué ofrezco yo al entregar mi cuerpo y mi sangre junto con Jesús en la Misa?
5. Toda nuestra vida una Eucaristía
El filósofo ateo Ludwig Feuerbach dijo: “el hombre es lo que come”. Gracias a la Eucaristía, nosotros los cristianos somos verdaderamente lo que comemos. En la Eucaristía nosotros no asimilamos a Jesús, es Él quien nos asimila a su cuerpo. La carne de Cristo se hace “nuestra”, pero también nuestra carne, nuestra humanidad, se hace de Cristo. Esto nos pone delante una gran verdad: no hay nada en nuestra vida que no pertenezca a Cristo. Es un intercambio absolutamente inmerecido: nosotros damos a Jesús nuestros cansancios, dolores, fracasos, alegrías y pecados, y en cambio, recibimos nada menos que a Cristo. En esto consiste la enormidad de la Eucaristía.
Todos quedamos unidos en Cristo y en todos vive Cristo. Por eso podemos decir que somos hermanos. Cuando decimos amén en el momento de la comunión, decimos amén al cuerpo de Jesús que ha muerto por nosotros, pero decimos también amén a su cuerpo que es la Iglesia, todos aquellos que están a nuestro alrededor.
