Amar a los hermanos no siempre es sencillo. Las diferencias, los malentendidos y las heridas pueden marcar profundamente estas relaciones. Sin embargo, la historia de Santa Escolástica y San Benito, dos grandes santos que además fueron hermanos, nos muestra que el amor fraterno puede convertirse en un auténtico camino de santidad.
Inspirada en una reflexión escrita por Claire Couche para Blessed is She, esta historia nos regala tres enseñanzas para amar mejor a nuestros hermanos.
1) Elevar la conversación
Santa Escolástica y San Benito nos recuerdan que nuestras palabras tienen el poder de dar vida. Especialmente dentro de la familia, nuestras conversaciones deberían transmitir verdad, amor, alegría y esperanza.
Con facilidad, el diálogo puede transformarse en quejas, críticas, comparaciones, chismes o juicios. Pero los santos nos invitan a elevar la conversación, a sembrar palabras que edifiquen, animen y acerquen a Dios.
Cuando notes que una conversación con tu hermano comienza a tornarse negativa, intenta transformarla con un gesto sencillo: una palabra de ánimo, una historia que inspire, una acción de gracias o una expresión de cariño. Pequeños cambios pueden generar grandes frutos.
2) Interceder por nuestros hermanos
En los Diálogos del Papa San Gregorio Magno, se relata cómo Santa Escolástica oró con insistencia para que su hermano, San Benito, permaneciera a su lado y continuaran conversando sobre la belleza de la vida espiritual. Dios escuchó su súplica y una intensa tormenta se desató, impidiendo que él partiera. El secreto de la fuerza de su oración fue claro: estaba impregnada de amor.
Interceder por nuestros hermanos es una de las formas más auténticas de amarlos. Orar por sus alegrías, luchas, decisiones y heridas nos permite entrar en el Corazón de Cristo y aprender a mirar como Él mira.
La Escritura nos recuerda:
"Si uno dice ‘Yo amo a Dios’ y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4,20).
Si nos cuesta amar, incluso en la oración, podemos pedirle a Jesús que nos preste su propio Corazón, para aprender a amar como Él ama.
3) Estar presentes
Solo tres días después de su último encuentro, Santa Escolástica partió al cielo. Desde su celda, San Benito vio su alma elevarse en forma de paloma. Aquella fue la última vez que se vieron en esta vida.
Este pasaje nos recuerda una verdad profunda: no sabemos cuánto tiempo tenemos con quienes amamos. Cada momento compartido es un regalo precioso que no debe darse por sentado.
Estar presentes implica regalar tiempo real y sincero: sentarse a la mesa, hacer una llamada, compartir un café, ayudar en lo cotidiano, escuchar sin prisas. Y si existen heridas o distancias, no temas buscar sanación: permite que Dios entre en tu dolor y lo transforme con su amor misericordioso.
Nuestros hermanos son un don de Dios. Nuestra presencia importa, y la suya también. Pide siempre la intercesión de estos grandes santos para tu relación fraterna.
Un camino concreto hacia la santidad
La historia de Santa Escolástica y San Benito nos enseña que Cristo se hace presente cuando lo invitamos a nuestras relaciones, conversaciones, heridas y oraciones.
Tal como reflexiona Couche, estos dos santos hermanos nos muestran que amar mejor a nuestros hermanos es una forma concreta de amar más a Dios.
Hoy podemos preguntarnos:
- ¿Cómo puedo dar vida a mi hermano con mis palabras?
- ¿Cómo puedo interceder por él o ella en la oración?
- ¿Cómo puedo hacerme más presente en su vida?
