Buscar nuestro propósito y preguntarle a Dios qué quiere de nosotros puede remover muchas cosas por dentro. En ese camino estoy descubriendo algo inesperado: antes de preocuparme tanto por lo que debo hacer por Él, necesito aprender a vivir como un hijo que ya es amado.
Quiero compartirles algo del corazón. ¿Alguna vez se han preguntado seriamente por el sentido de sus vidas? No solamente qué hacemos, sino para qué estamos viviendo y qué quiere Dios de nosotros.
En esta búsqueda estoy descubriendo dos ejercicios que, desde ámbitos diferentes, pueden ayudarnos a mirar nuestra vida con mayor profundidad.
- El Examen ignaciano nos invita a revisar el día en presencia de Dios para reconocer su acción, nuestras respuestas y hacia dónde puede estar conduciéndonos.
- El journaling, en cambio, nos ayuda a poner por escrito pensamientos, emociones y experiencias para comprendernos mejor.
No son lo mismo, pero ambos pueden ayudarnos a vivir con mayor conciencia y a preguntarnos con más claridad para qué estamos viviendo y hacia dónde estamos llevando nuestra vida.
Discernir también es aprender a escuchar
Preguntarle a Dios qué quiere de nosotros parece sencillo, pero no siempre lo es. Les confieso que esta búsqueda me está exigiendo mucho: rezar más, aprender a esperar y reconocer que no siempre tengo claridad inmediata.
Discernir requiere "músculo espiritual": oración, silencio, paciencia y la humildad de aceptar que también podemos equivocarnos.
En este camino he descubierto además el valor de dejarme acompañar por personas prudentes con quienes pueda conversar lo que voy viviendo. No para que decidan por mí, sino para ayudarme a mirar con más claridad aquello que, estando solo, quizá no logro ver.
Todo este proceso me está desinstalando profundamente, pero también me está enseñando algo hermoso: buscar la voluntad de Dios no consiste en perseguir respuestas perfectas, sino en aprender a escuchar y confiar cada vez más como hijo.
Déjate amar: todo comienza ahí
En este camino estoy comprendiendo algo esencial: no tenemos que hacer méritos para conseguir que Dios nos ame. Su amor es gratuito y siempre toma la iniciativa.
San Juan lo dice con una sencillez extraordinaria: "Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero" (1 Jn 4,19).
Por eso, la vida cristiana no se reduce al cumplimiento de normas. Es, ante todo, una relación de amor y amistad con Jesucristo. Él mismo nos llama amigos (cf. Jn 15,15) y nos invita: "permaneced en mi amor" (Jn 15,9).
Desde esa amistad se entiende también la obediencia. Jesús lo dijo con claridad: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos" (Jn 14,15).
El orden importa: primero está el amor recibido; después, nuestra respuesta.
No obedecemos para conseguir que Dios nos ame. Nuestra manera de vivir cambia porque hemos descubierto que Él nos ama y queremos responder a ese amor.
Quizá, entonces, junto a la pregunta "Señor, ¿qué quieres de mí?", necesitamos aprender a decir otra todavía más profunda:
"Señor, enséñame a dejarme amar por Ti".
Y ahora, pregúntaselo tú
Yo sigo haciéndome estas preguntas. No tengo todas las respuestas y quizá por eso mismo estoy aprendiendo a llevarlas con más confianza a la oración.
- ¿Hace cuánto tiempo no le preguntas sinceramente al Señor qué quiere de ti?
- ¿Hay algún miedo, apego o ruido que no te está dejando escucharlo?
- ¿Te acercas a Dios intentando demostrarle que eres suficientemente bueno, o eres capaz de dejarte amar por Él?
- ¿Qué aspecto concreto de tu vida necesitas poner hoy delante del Señor?
No tengas miedo de preguntarle qué quiere de ti, pero tampoco conviertas esa búsqueda en una carrera por encontrar respuestas inmediatas: llévale tu vida con sinceridad, aprende a escuchar, déjate acompañar si lo necesitas y, sobre todo, permanece confiado en su amor mientras vas descubriendo el camino.
Quiero terminar con las palabras que Jesús dejó a sus discípulos en la Última Cena:
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Jn 15,9).
