El 14 de octubre de 1926, hace 100 años, el escritor A. A. Milne presentó al mundo por primera vez a Winnie the Pooh, a sus numerosos amigos y al universo del Bosque de los Cien Acres.

De niña, pasaba incontables horas viendo sus aventuras y tarareando “Tan sólo soy nubecita” por toda la casa. Ahora, como madre de una niña pequeña, he vuelto a vivir estas historias a través de los ojos de mi propia hija, quien también pasa las tardes viendo Winnie the Pooh y canta una y otra vez la canción de la serie mientras viajamos en auto.

Al volver a ver estas películas y episodios, descubrí que sus historias encierran algunas enseñanzas que también podemos relacionar con nuestra fe. Aunque no fueron concebidas desde una perspectiva cristiana, sus personajes y aventuras nos invitan a reflexionar sobre valores profundamente cristianos.

Estas son 5 enseñanzas cristianas que podemos encontrar en Winnie the Pooh:

1. Amar al prójimo y reconocer lo bueno en los demás

El Bosque de los Cien Acres está lleno de personajes muy diferentes entre sí: desde el ansioso Piglet hasta el controlador Conejo y el sabelotodo Búho. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, todos forman una comunidad. Pasan tiempo juntos, se ayudan a superar las dificultades y siguen incluyendo a los demás, incluso cuando sus personalidades chocan.

El mandato de Jesús de amar al prójimo no depende de que tengamos la misma personalidad, los mismos intereses o las mismas opiniones. El amor cristiano nos desafía a reconocer la dignidad de cada persona, incluso de aquellas que pueden frustrarnos o desconcertarnos.

Es fácil amar a las personas con las que nos sentimos cómodos. Es más difícil cuando alguien tiene un temperamento, una visión del mundo o una manera de hacer las cosas completamente diferentes a las nuestras. Sin embargo, esas diferencias no hacen que una persona sea menos digna de nuestra paciencia, amabilidad o respeto.

El Bosque de los Cien Acres nos recuerda que una comunidad se enriquece cuando sus integrantes no son todos iguales. Para los cristianos, esto significa recordar que estamos llamados a construir relaciones con personas que van más allá de nuestro círculo inmediato y de aquellas con quienes compartimos afinidades. No necesitamos estar de acuerdo en todo para tratarnos con caridad.

2. El amor que se entrega por los demás

Pooh es famoso por estar dispuesto a hacer todo lo posible por sus amigos, incluso cuando eso resulta inconveniente, incómodo o francamente absurdo. No siempre tiene el mejor plan y sus intentos por ayudar pueden ocasionar complicaciones inesperadas, pero sus intenciones nacen del cariño que siente por quienes ama.

La disposición de Pooh a ayudar a sus amigos nos ofrece un sencillo recordatorio: el amor no es solamente un sentimiento. El amor se hace visible a través de aquello que estamos dispuestos a hacer por los demás.

Esta es una de las bases de la comprensión cristiana del amor. En Juan 15,13, Jesús les dice a sus discípulos: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jesús demuestra plenamente este amor, que se entrega por los demás, mediante su sacrificio en la Cruz.

Aunque las pequeñas aventuras de Pooh no son, evidentemente, comparables con el sacrificio de Cristo, sí pueden recordarnos las maneras cotidianas en que estamos llamados a amar desinteresadamente a los demás.

El amor que se sacrifica no siempre exige grandes gestos. A veces significa dejar de lado nuestros propios planes para ayudar a un amigo, escuchar a alguien cuando preferiríamos estar haciendo otra cosa o cuidar con paciencia a un familiar cuando estamos cansados.

3. Cuidar de los más vulnerables

Ígor es el habitante melancólico, pesimista y, con frecuencia, olvidado del Bosque de los Cien Acres. Sin embargo, sus amigos no lo descartan. Siguen incluyéndolo y recordándole que es importante.

A lo largo de los Evangelios, Jesús se fija repetidamente en quienes sufren, son excluidos o pasan inadvertidos para los demás. Se detiene ante quienes necesitan ayuda, acoge a aquellos a quienes la sociedad aparta y nos recuerda que toda persona posee dignidad.

En nuestra propia vida, las personas que necesitan nuestra compasión no siempre se parecerán a Ígor. Podrían ser ese amigo que atraviesa dificultades constantemente, el compañero de trabajo que parece retraído, un familiar que está pasando por una etapa complicada o esa persona de la parroquia que siempre se sienta sola.

A veces, una invitación sencilla, un mensaje atento o la disposición a acompañar a alguien en su tristeza pueden marcar una verdadera diferencia.

4. La capacidad de asombro propia de los niños

El Bosque de los Cien Acres está lleno de imaginación, asombro y aprecio por las cosas pequeñas. Pooh no necesita grandes aventuras ni experiencias extraordinarias para ser feliz. Un paseo por el bosque, una olla de miel o una conversación con Piglet pueden bastar para convertir un día cualquiera en algo especial.

En Mateo 18,3, Jesús les dice a sus discípulos: “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

Jesús no nos pide que seamos inmaduros o ingenuos. Más bien, la fe de los niños nos invita a acercarnos a Dios con confianza, humildad, apertura y asombro. Los niños suelen maravillarse ante cosas que los adultos han aprendido a pasar por alto. Hacen preguntas, se alegran con los pequeños descubrimientos y dependen de los demás sin sentir la necesidad de tener todas las respuestas.

Al hacernos adultos, es fácil perder esa capacidad de asombro. Nos dejamos absorber por nuestras responsabilidades, preocupaciones y la presión constante de conseguir cada vez más.

Pooh nos ofrece un tierno recordatorio de la importancia de bajar el ritmo y reconocer la bondad presente en las cosas cotidianas. Quizá, en ocasiones, crecer en la fe también signifique aprender a mirar el mundo con el asombro que teníamos cuando éramos niños.

5. La humildad

A Pooh no le preocupa demasiado parecer impresionante ante los demás. Simplemente es Pooh: un oso al que le encanta la miel, disfruta de sus amigos y se ve envuelto en pequeñas aventuras. Hay algo maravillosamente sencillo e inocente en su disposición a ser él mismo, algo que también refleja su humildad.

La humildad no significa pensar que no valemos nada ni fingir que carecemos de dones. Significa, más bien, reconocer la verdad sobre nosotros mismos: nuestras fortalezas y debilidades, nuestra dependencia de Dios y el hecho de que no necesitamos ser el centro de atención.

Esto me recuerda a Santa Teresita del Niño Jesús y su “caminito”, que nos enseña que no necesitamos hacer cosas extraordinarias para llegar a ser santos. Podemos alcanzar la santidad a través de las pequeñas cosas, si las hacemos con un gran amor.

Por supuesto, Pooh no practica intencionadamente la espiritualidad católica, y su personaje no debe confundirse, en todos los aspectos, con un modelo de santidad cristiana. Sin embargo, su carácter sencillo puede recordarnos una verdad que Santa Teresita comprendió muy bien: la santidad no está reservada para quienes realizan cosas extraordinarias. Es posible alcanzarla en los momentos ordinarios de cada día.

Quizá Pooh y sus amigos del Bosque de los Cien Acres nos han enseñado mucho más de lo que imaginábamos durante estos últimos 100 años.

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