Vivimos en una cultura que suele huir del sufrimiento. Queremos distraernos, anestesiarnos, pasar rápido la página, evitar la herida, no mirar de frente aquello que duele. Pero huir del sufrimiento no lo elimina. Muchas veces lo empeora.
Cuando no aceptamos nuestras cruces, terminamos huyendo también de nosotros mismos. Y tarde o temprano llega el momento de “bajarnos del columpio y poner los pies en la tierra”. Porque el dolor acumulado, como una olla de presión, un día explota. Por eso, la pregunta no es si vamos a sufrir.
La pregunta es: ¿con quién vamos a vivir ese sufrimiento?
Como cristianos, la respuesta es clara: con Cristo.
1. Dios no causa el mal, pero puede sacar bien de él
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Dios no es causa del mal moral, pero lo permite respetando la libertad de sus criaturas. También afirma que Dios puede sacar un bien incluso del mal. (Cfr. CEC 311, 312 y 324) No todo lo que pasa es bueno.
Pero Dios puede vencer incluso aquello que nos hiere. San Pablo lo dice así: “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28). Esta no es una frase fácil.
Es una certeza de fe: el mal no tiene la última palabra.
2. La fe no se reduce a sentir consuelo
A veces queremos medir nuestra fe por lo que sentimos. Si sentimos paz, creemos que Dios está cerca. Si no sentimos nada, pensamos que nos abandonó. Pero la fe católica no se sostiene en emociones.
Sentir consuelo puede ser una gracia, pero no es la base de nuestra fe. La base es Cristo: su Palabra, su Cruz, su Resurrección y su promesa de no abandonarnos. Reducir la fe a sentir alivio empobrece el misterio cristiano. Justamente cuando no sentimos nada, la fe puede crecer más.
La fe no es sentir siempre a Dios, sino creerle incluso cuando no lo sentimos.
3. La cruz no es un accidente en el camino cristiano
Jesús no prometió una vida sin sufrimiento. Dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). La cruz no es un desvío del camino cristiano. Es parte del camino.
San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, enseña que Cristo no explica el sufrimiento de manera abstracta, sino que nos dice: “Sígueme”, “Ven”; es decir, nos invita a unir nuestro dolor al suyo. Esto no significa buscar el sufrimiento ni resignarse pasivamente. Significa aceptar la cruz cuando llega y descubrir que Cristo ya está dentro de ella.
Y si Él está ahí, también puede nacer la paz.
4. El amor convierte el dolor en misión
El sufrimiento puede encerrarnos en nosotros mismos. Pero el amor rompe ese encierro.
Cuando Cristo entra en nuestro dolor, dejamos de preguntarnos solo: “¿por qué me pasa esto?”, y empezamos a preguntarnos: “¿a quién puedo amar mejor desde lo que he vivido?”. Ese es un cambio radical. No se trata de negar el duelo ni de prohibir las lágrimas. Se trata de no quedar prisioneros del dolor. Unido a Cristo, el sufrimiento puede convertirse en escuela de amor: nos enseña a escuchar, acompañar, servir, perdonar y estar cerca de quienes también sufren.
Así dejamos de vivir el sufrimiento como pura derrota. Pasamos de la queja estéril a la entrega fecunda.
Y descubrimos que nuestra cruz, ofrecida con amor, también puede ser una misión.
El Catecismo recuerda que podemos cooperar con el plan de Dios no solo por nuestras acciones y oraciones, sino también por nuestros sufrimientos. Véase CEC 307.
Una persona herida, unida a Cristo, también puede convertirse en luz para otros.
Hoy, mírate con verdad
- ¿Estoy huyendo de mi cruz?
- ¿Estoy esperando sentir a Dios para volver a confiar?
- ¿Mi dolor me está encerrando o me está enseñando a amar mejor?
- ¿Hay alguien cerca de mí que necesita mi compañía, mi escucha o mi perdón?
¡Ánimo! El Señor no abandona. A veces no cambia de inmediato la circunstancia, pero empieza a cambiar el corazón que la atraviesa. Y cuando Cristo entra en el sufrimiento, incluso las lágrimas pueden convertirse en camino de esperanza.
