Cada año, en Semana Santa, recordamos cuando Judas entregó a Jesús por 30 monedas de plata.

En ese momento, el dinero pareció más valioso que el amor y la devoción al Hijo de Dios.

Rara vez vendemos al Señor por monedas, pero ¿con qué frecuencia cambiamos momentos con Cristo por deseos mundanos?

La buena noticia es que la misericordia de Dios es mayor que nuestras debilidades, y por su gracia podemos volver a Él incluso después de caer. Al recordar este día trágico de la historia, reflexionemos también sobre las formas en que podemos regresar a Jesús cuando lo negamos.

Aquí hay seis “monedas de plata” comunes y cómo dejarlas ir:

1) La aprobación de los demás

Suavizamos nuestra fe para encajar, buscamos “likes” en redes sociales y la aprobación de los demás.

Déjalo ir: Ofrece este deseo a Jesús cada mañana. Todo en esta tierra es pasajero, y lo único que importa es cómo vivimos para Dios en preparación para nuestro hogar eterno.

Así como hizo Santo Tomás Moro, elijamos la verdad por encima del reconocimiento humano.

“No me importa mucho lo que los hombres digan de mí, siempre y cuando Dios apruebe de mí” — Santo Tomás Moro.

2) El éxito profesional y la seguridad económica

El trabajo, el dinero o la estabilidad financiera pueden alejarnos de la Misa, la oración o la generosidad, especialmente cuando los deseos terrenales parecen más seguros que abandonarnos a la voluntad de Dios.

Déjalo ir: Practica el desprendimiento. Sé generoso con los bienes materiales, recibe los sacramentos y pide a la Virgen María la gracia del desapego. Nadie puede servir a dos señores: “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mateo 6,24).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “el décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos” (CIC 2536).

San Francisco de Asís renunció a la riqueza de su familia para seguir a Cristo en pobreza radical y alegría.

“Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, sólo lo que has dado” — San Francisco de Asís.

3) La comodidad y la conveniencia

Pasar horas en el celular por la noche, dormir de más, el uso interminable de redes sociales o maratonear nuestras series favoritas pueden, con frecuencia, ocupar el lugar de la oración y del bien hacia los demás.

Déjalo ir: Haz pequeños sacrificios: deja un programa, ayuna de redes sociales o aparta el teléfono antes de dormir. Jesús nos llama a negarnos a nosotros mismos y a tomar nuestra cruz cada día.

Estos pequeños “no” desinteresados dejan espacio para Jesús. Ofrécele estos sacrificios y mantente abierto a la gracia que Él quiere darte a través de ellos.

“El amor es sacrificio; y el sacrificio, por Amor, goce” — San Josemaría Escrivá.

4) El rencor y la necesidad de tener la razón

La falta de perdón puede hacernos sentir fuertes, pero nos encadena y bloquea la libertad de la Cruz.

Déjalo ir: Lleva tus heridas y tu dolor a la Confesión y a la Adoración Eucarística. Reza por tus enemigos. Haz el bien a quienes te han herido.

Como dice Jesús: “Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial”. El Catecismo también subraya que “La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos” (CIC 2844).

Santa Mónica perseveró durante años en la oración y en el testimonio paciente hasta que su hijo, San Agustín, regresó a la fe.

“Nada está lejos de Dios; y si oramos, Él nos escuchará” — Santa Mónica (sobre la oración perseverante y amorosa).

5) La distracción digital constante

Los teléfonos provocan distracción inmediata, robando el tiempo de silencio para Dios.

Déjalo ir: Deja tu teléfono en otra habitación durante las comidas o el tiempo de oración. “Basta ya; sabed que yo soy Dios” (Salmo 46,11).

El Catecismo señala que la distracción en la oración “descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir” (CIC 2729).

“Si el corazón divaga o está distraído, llévelo de vuelta al punto con mucha suavidad y vuelva a colocarlo con ternura en la presencia de su Maestro” — San Francisco de Sales.

6) Pensar: “Yo puedo solo”

El “yo puedo solo” puede, de manera silenciosa y orgullosa, dejar a Jesús de lado y disfrazarse de independencia. ¡Necesitamos a Jesús en todo lo que hacemos!

Déjalo ir: Abraza la infancia espiritual como santa Teresita de Lisieux. Reza: “Jesús, en Ti confío”, y entrégale todo. La gracia de Dios es suficiente, especialmente en nuestras debilidades.

San Ignacio de Loyola enseñó el Examen diario como una herramienta poderosa para el desprendimiento del mundo, el crecimiento espiritual y el reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana.

“Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad… Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta” — San Ignacio de Loyola.

Elegir a Jesús, la Perla de Gran Valor

A diferencia de Judas, que cayó en la desesperación después de traicionar a Nuestro Señor, nosotros podemos volver a Jesús con esperanza. Jesús lavó los pies de Judas y aun así le ofreció la Eucaristía. Él hace lo mismo con nosotros en cada Confesión.

Jesús es la “perla de gran valor”. Vale más que cualquier comodidad, aprobación o distracción que decidamos dejar.

Prueba este sencillo examen nocturno: ¿Dónde elegí “plata” hoy? Señor, ayúdame a elegirte en todo mañana.

A través de los sacramentos, la oración y el ejemplo de los santos, cambia cada traición por amor y sacrificio. Jesús nos espera. Quiere restaurarnos, hacernos santos y llenarnos de su paz eterna.

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