Convivir, discutir, equivocarse y perdonar también forma parte de la vida matrimonial. Estos seis desafíos pueden ayudarte a reconocer qué está desgastando tu relación y cómo afrontarlo desde el amor y la fe.
En los últimos meses he acompañado con charlas y jornadas espirituales a distintos grupos de matrimonios y parejas y puedo afirmar, con bastante base en esa experiencia, que amar a una persona no significa que desaparecerán las diferencias, los roces o los momentos difíciles. La vida cotidiana compartida suscita naturalmente —aunque no quisiéramos— situaciones que propician esas dificultades mencionadas.
Estos seis puntos pueden servir como un pequeño examen de conciencia matrimonial: no para buscar culpables, sino para preguntarnos qué podemos hacer mejor para cuidar el amor que Dios nos ha confiado.
1. Tolerar no es resignarse: es respetarse
A veces entendemos la tolerancia como “aguantar” al otro o aceptar todo para evitar una discusión. Pero respetar a nuestro cónyuge no significa que todo dé igual.
Significa reconocer que merece ser escuchado incluso cuando no estamos de acuerdo. En un matrimonio no debería tratarse de que cada uno defienda “su verdad” hasta el final, sino de buscar juntos lo verdadero, lo justo y lo bueno para ambos.
2. Dejar de competir por quién tiene la razón
“Yo te lo dije”. “Sabía que iba a pasar”. Frases así pueden convertir una conversación en una competencia: ya no queremos resolver el conflicto, sino demostrar quién ganó.
Pero tu esposo o tu esposa no es tu adversario. Algunas veces es mejor mantener la paz en la relación y el hogar antes que propiciar una discusión acalorada.
El Papa Francisco recuerda que el diálogo es una forma privilegiada de vivir y madurar el amor conyugal y exige aprender a escuchar con paciencia (cf. Amoris laetitia, 136-140).
A veces tendremos que reconocer: “Me equivoqué”. Y si la conversación se está desbordando, puede ser más prudente detenerse, recuperar la calma y retomarla después. No es huir del problema; es evitar herirse mientras intentan resolverlo.
3. No esconder los temas incómodos
Después de varias discusiones, algunas parejas empiezan a evitar ciertos temas: dinero, familia, hijos, intimidad, trabajo o heridas que nunca terminaron de hablarse.
Por un tiempo parece que así hay más paz. Pero muchas veces solo hay silencio. La paz que mencionaba anteriormente no significa dejar de hablar de los temas delicados en la relación conyugal, sino resolverlos sin perder la paz en la mejor medida posible.
Poner “las cartas sobre la mesa” no significa decir todo de cualquier manera, sino hablar con honestidad, caridad y prudencia sobre aquello que realmente necesita ser conversado. La asertividad y el esfuerzo por decir las cosas de una forma que el otro pueda entender, y no como primero se me venga a la cabeza, es un acto claro del Amor y la Paz que se quiere preservar.
4. No convertir la relación en una “olla de presión”
“No vale la pena decir nada”. “Es una pequeñez”. “Mejor me lo guardo”.
El problema llega cuando acumulamos pequeñas molestias durante semanas o meses y un día explotamos no por lo que acaba de pasar, sino por todo lo anterior.
Por eso conviene hablar antes de llegar al límite. No siempre será posible resolver cada desacuerdo antes de dormir, pero sí evitar que el orgullo convierta el silencio en castigo.
El Papa Francisco ha recomendado a las familias no terminar el día sin hacer las paces. A veces esa paz puede comenzar con una disculpa o con el compromiso de retomar la conversación con más calma.
5. Aprender a unir justicia y misericordia
Ser misericordioso no significa llamar bueno a lo que estuvo mal. Y buscar justicia no significa tratar sin misericordia a quien se equivocó.
Cuando ha ocurrido una ofensa, puede ser necesario reconocer el daño, asumir responsabilidades, reparar lo posible y establecer límites. Al mismo tiempo, Jesús responde a Pedro que debe perdonar “hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).
Y hay una precisión importante: perdonar no significa aceptar maltrato, violencia o injusticias graves, ni renunciar a proteger la propia dignidad o la de los hijos. En situaciones así, buscar ayuda y poner límites firmes puede ser necesario.
6. Recordar que el perdón protege el amor del rencor
Hay heridas que no se resuelven con un simple “ya pasó”. Perdonar puede requerir tiempo, oración, reparación y, en algunas situaciones, ayuda pastoral o profesional.
Amoris laetitia advierte sobre el rencor que se va arraigando y termina dañando el vínculo familiar (cf. nn. 105-106).
Perdonar tampoco significa olvidar automáticamente, negar lo ocurrido o recuperar de inmediato la confianza. Significa comenzar a renunciar a la lógica de la venganza y abrir el corazón a la posibilidad de sanar.
La comunicación importa, pero no están solos
Muchos de estos desafíos necesitan lo mismo: honestidad, capacidad de escuchar, humildad para reconocer los propios errores y valentía para hablar de lo que duele.
Pero el matrimonio cristiano no depende únicamente de la fuerza de voluntad de dos personas. Cristo sale al encuentro de los esposos y permanece con ellos; la gracia del sacramento los sostiene para levantarse después de las caídas, perdonarse y ayudarse mutuamente (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1642).
Por eso quiero terminar con el pasaje de la tempestad calmada (Mc 4, 35-41).
Los discípulos están en una barca que empieza a llenarse de agua. Tienen miedo. Creen que van a hundirse. Y entonces despiertan a Jesús.
También en la vida matrimonial pueden aparecer tormentas que hagan pensar: “Ya no podemos más”. La fe no significa negar su gravedad ni garantiza que cada crisis se resolverá exactamente como esperamos. Significa recordar que Cristo no abandona a quienes lo buscan.
Él puede dar luz en la confusión, fuerza para pedir ayuda, humildad para perdonar y valentía para corregir lo que está mal.
Quizá sea un buen ejercicio para hacer juntos: lean Marcos 4, 35-41 y pregúntense con sinceridad qué tormenta necesita hoy ser puesta delante de Jesús.
