Ser padres es difícil. Todos lo sabemos.
Y transmitir la fe es más difícil todavía.
¿Y hacer ambas cosas en 2026? Bueno… no es nada menos que heroico.
Los padres de hoy se enfrentan a un sinfín de obstáculos para transmitir la fe, como nunca antes se había visto.
Lo sé, lo sé. Cada generación tiene su propia cuota de dificultades. Sin duda. No quiero caer en el “pobrecito de mí, millennial”.
Pero.
Entre una cultura cada vez más secularizada que se ha despojado de toda identidad cristiana, fe y donde la asistencia a la iglesia está en mínimos históricos (¡aunque recientemente se nota un repunte!), el acceso inmediato a prácticamente cualquier cosa con solo mover un dedo, y el hecho de tomar la posta de una generación que falló en transmitir la fe (sin ánimo de ofender, baby boomers), los padres de hoy libran una batalla cuesta arriba.
Por eso, aquí tienes cuatro claves para ayudarte en esta batalla de transmitir la fe católica a tus hijos:
1) Enseña con tu testimonio.
Como expresó de manera memorable el Papa san Pablo VI:
“El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.
Sus palabras se han vuelto un poco cliché en los últimos años, pero los clichés suelen serlo por una razón. No se puede transmitir lo que no se tiene.
Tus hijos te escucharán si ven un testimonio auténtico y una alegría verdadera.
En la sección sobre los deberes que los padres tienen hacia sus hijos, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que dar testimonio en la educación “requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí” (CIC 2223).
Traducción: los padres deben ser verdaderos discípulos de Cristo.
Muchos pensadores cristianos contemporáneos sostienen que una mejor palabra para “discípulo”, según nuestra comprensión actual, es “aprendiz”: alguien que estudia deliberadamente bajo un maestro y encarna su modo de vida. El arte del aprendizaje (léase: del discipulado) es la imitación del maestro.
La Iglesia nos recuerda que educar a los hijos exige que nos convirtamos en verdaderos seguidores de Jesús —aprendices de Jesús— que encarnen de manera auténtica sus cualidades y su amor.
2) Rodéate de otros testigos.
Los aprendices fieles pueden criar a sus hijos en la fe, pero los aprendices fieles que comparten la vida en comunidad con otros aprendices fieles tienen muchas más probabilidades de criar a sus hijos en la fe.
No debería afirmarlo de manera tan categórica, porque al final nuestros hijos tienen libre albedrío y pueden hacer lo que quieran; sin embargo, es más probable que abracen la fe si crecen en una comunidad que vive coherentemente lo que cree.
Cuando los niños ven a otras familias vivir como testigos auténticos, comprenden que seguir a Jesús no es solo “cosa de mamá y papá”. Es real. Es atractivo. Y es normal.
Si no tienes amigos que se esfuercen por vivir la fe, involúcrate en tu parroquia. Inscríbete en un grupo bíblico para mamás y/o papás. Haz lo que sea necesario para integrarte con otras familias que buscan el mismo objetivo.
3) Apóyate en los testigos por excelencia: los santos.
Tenemos “en torno nuestro tan gran nube de testigos”, como nos recuerda San Pablo en Hebreos 12,1. Tenemos héroes de toda condición que nos han precedido y han demostrado que seguir a Jesús como su aprendiz es una forma hermosa de vivir; de hecho, ¡la mejor manera de vivir!
Los santos inspiran, animan y despiertan en los niños el deseo de buscar la santidad. Les muestran que nuestra fe no es solo “cosa de mamá y papá”, ni algo “con lo que crecí”, sino la forma, la única manera de vivir verdaderamente.
Comparte con tus hijos historias de santos. Señálales personas reales que vivieron vidas reales y experimentaron una transformación auténtica gracias a Cristo.
4) Asume la responsabilidad del currículo católico de tus hijos.
La Iglesia enseña que “los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos” (CIC 2223). Tú eres el principal educador de tus hijos, no sus maestros ni catequistas.
¿Sabes qué están aprendiendo tus hijos en las clases de religión? ¿Hablan de ello en casa y los ayudas con las lecciones?
Si no es así, asegúrate de involucrarte y participar activamente.
