El libro “La práctica de la presencia de Dios” es una recopilación de conversaciones y cartas del hermano Lorenzo (en el mundo Nicolás Herman 1610-1691), laico carmelita del convento de París, Francia.

Tímido y servicial, Lorenzo huía de las conversaciones y las recreaciones. Pero la felicidad de su vida se transparentaba, y suscitaba en muchos de sus hermanos y visitantes del convento el deseo de conocer su “secreto”. Secreto que el hermano se hubiera llevado a la tumba si no fuera por el P. Joseph de Beaufort, consejero del Arzobispo de París, quien recopiló sus recuerdos de cuatro conversaciones con el hermano y quince de sus cartas, la mayoría de ellas escritas a una misma persona.

Te dejamos los 3 puntos principales que se nos revelan en el libro sobre el “secreto” del hermano Lorenzo:

1. Entregarnos a Dios tanto en las cosas temporales como en las espirituales

El hermano Lorenzo enseña que vivir en la presencia de Dios es una gracia que al inicio requiere esfuerzo, pero que luego se vuelve natural por la acción del amor. Por eso, invita a no pensar en Dios solo durante la oración, sino a hacerlo continuamente. Él procuraba purificar sus pensamientos, acallar sus inquietudes y dirigir todas sus acciones a Dios, rechazando de inmediato las distracciones para mantener su mente centrada en Él. 

Para Lorenzo la unión con Dios no necesita cambiar de ocupación para ser más íntima, se trata de hacer las tareas cotidianas para la gloria de Dios, con amor y sin buscar agradar a los hombres, pues Él valora más la intención que la grandeza de las obras. 

“Oh Dios mío puesto que tú estás conmigo y porque ahora debo obediencia a tus mandamientos aplicar mi mente a estas cosas externas, te suplico me concedas la gracia para continuar en tu presencia y para este propósito bendíceme con tu asistencia. Recibe todos mis trabajos y posee todos mis afectos”.

2. Confiar en Dios porque eso lo honra grandemente

En medio de la sequedad, la inseguridad o el tedio, los actos de abandono en Dios fortalecen nuestra vida espiritual. Cuando se nos haga cuesta arriba, dirijámonos a Dios diciendo: no soy capaz de hacerlo a menos que me ayudes tú. Hablarle con confianza, pedir su ayuda y entregarnos plenamente a Él.

No desanimarnos por nuestros pecados, Dios no falla en darnos gracias para cada acción. La clave se encuentra en ponernos en sus manos, abajarnos, esperar en Él, agradecerle y consolarnos en Él.  

Cuando tengamos que hacer algo que nos cuesta, no llenarnos de preocupaciones, sino afrontar la situación cuando llegue el momento, encontrando a Dios en cada pequeña acción y confiando plenamente en su providencia.

“Mi Dios aquí estoy totalmente consagrado a ti, Señor hazme de acuerdo a tu corazón”.

3. Vivir de la fe, de la esperanza y de la caridad

Tener en cuenta que no avanzamos en la madurez cristiana si nos aferramos a penitencias y ejercicios particulares mientras descuidamos el amor a Dios. Todas las cosas son más fáciles para el que cree, para el que espera y para el que ama.

No nos distraigamos buscando o amando a Dios por favores sensibles por elevados que parezcan, pues nada nos une tanto a Él como un sencillo acto de fe. Busquémoslo constantemente desde la fe, recordando que habita en nosotros y que no es necesario ir a otro lugar para encontrarlo. 

“Acostúmbrate a adorarlo gradualmente, a suplicar por su gracia, a ofrecerle tu corazón de tanto en tanto, en medio de tus trabajos, incluso a cada momento si puedes. No te confines escrupulosamente a ciertas reglas, o particulares formas de devoción, más bien actúa con una gran confianza en Dios, con amor y humildad”.

Puedes leer “La práctica de la presencia de Dios” aquí.

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