Cuando la Iglesia Católica condenó la Adoración a la Virgen María

Wikipedia / Dominio público.

La Iglesia siempre ha tenido clara la idea de que el único digno de ser adorado es Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nadie más puede ser adorado, ni el más poderoso y bello de los ángeles, ni el más fiel santo de la Iglesia, ni siquiera la bienaventurada Madre de Dios… ¡Nadie!

Sin embargo, en la historia de la Iglesia se conoce de un grupo de “cristianos” que cayeron en el error de adorar a la Virgen María. Esta es la historia de su herejía y de cómo fueron condenados por la Iglesia.

Las herejías son tan antiguas como la misma historia del cristianismo. Por eso la Iglesia ha tenido que actuar diligentemente para denunciarlas y que el pueblo de Dios no sea confundido.

En el siglo IV apareció un grupo de autodenominados cristianos conocidos como Coliridianos, los cuales le rendían un culto de adoración a la Virgen María. Este extraño culto consistía en ofrecer tortas y pasteles a la Virgen como signo de adoración. En realidad ellos no eran cristianos; eran una secta gnóstica integrada mayoritariamente por mujeres quienes tomaron la figura de María mezclándola con deidades paganas para confundir a los verdaderos cristianos.

Cuando San Epifanio, obispo de Salamina, se enteró de esta herejía no dudó en denunciarla y condenarla en nombre de toda la Iglesia Católica. Tal condena puede leerse en su célebre Paranión en la que también denuncia otras herejías de la época.

“Es ridícula y, en la opinión de los sabios, totalmente absurda”, así describía San Epifanio a la herejía coliridiana, “pues aquellos que, con una actitud insolente hacia María, son sospechosos de hacer estas cosas, han estado perjudicando la mente de la gente (…) las personas que se inclinan en esa dirección son culpables de hacer el peor daño”.

Además, San Epifanio aclaraba la diferencia entre el verdadero culto a Dios y la verdadera devoción a la Virgen María: “Sea María honrada. Sean Padre, Hijo, y Espíritu Santo adorados, pero que ninguno adore a María”.

Esta misma enseñanza es la que actualmente recoge el Catecismo de la Iglesia Católica.:

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48): “La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano” (MC 56). La Santísima Virgen “es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente” (LG 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, “síntesis de todo el Evangelio”. (Catecismo de la Iglesia Católica 971).

¡Santa María, ruega por nosotros!

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