El amor es una decisión. Si no, no sería un mandamiento

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¿De qué depende el amor?

¿Qué significa que el amor sea una decisión? Significa que no está subordinado a nuestros sentimientos, instintos o preferencias. Si amar dependiera de sentirnos bien, del placer o de nuestros impulsos, Dios no lo habría consagrado como mandamiento. Desde el Decálogo de Moisés (Éxodo 20) hasta el mandamiento del amor establecido por Jesús (Marcos 12, 28 – 31) amar es un mandato divino para nosotros y no algo opcional o supeditado a nuestras preferencias.

Si el amor estuviese subordinado a nuestros impulsos básicos, entonces convertirlo en un mandato habría sido absurdo. Es como establecer como mandamiento el “respirar cada 30 segundos o alimentarse tres veces al día”. Por ello la frase “hacer el amor” para cualquier acto sexual resulta absurda. No es el amor el que debería estar subordinado al sexo sino precisamente al revés. Es el acto sexual el que debería estar enmarcado en el amor verdadero.

Si el amor estuviese subordinado al sentimiento de bienestar o placer, Dios habría hecho una especie de mandato “condicionado”. Algo así como: “Amarás a Dios y al prójimo siempre que te sientas bien o te haga feliz”.

Por el contrario, Dios consagró el amor como un mandamiento porque depende exclusivamente de nuestra voluntad, inteligencia y libertad. Yo he decidido amar a mi esposa. Lo hice al momento de casarnos en nuestra juventud y lo sigo haciendo ahora, tras 25 años de matrimonio. Si yo cayera en alguna enfermedad que me impidiera darle placer o bienestar, sé que seguiría amándome. Ambos decidimos amarnos, hasta que la muerte nos separe.

Jesús y el amor

Jesús nos añadió un importante detalle para tomar en cuenta al momento de amarnos. Él dijo que debíamos amarnos como él no amó (Juan 15, 12). Jesús nos amó por encima de sus instintos. Sin duda su naturaleza humana le hizo sentir la atracción sexual que todos sentimos. Esto, ya que Él “fue probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Hebreos 4, 15). Sin embargo, el permaneció célibe, en una entrega exclusiva a su misión de redención de toda la humanidad.

También Jesús nos amó por encima de sus sentimientos o preferencias. Desde la fragilidad de su naturaleza humana, Jesús pidió al Padre evitar este “cáliz de amargura” pero que finalmente haría su voluntad y no la propia (Lucas 22, 42). Sus lágrimas ante la muerte de su amigo Lázaro (Juan 11, 35) nos hacen pensar que habría preferido no hacer pasar a esa familia por semejante sufrimiento. Pero finalmente lo acepta pues será para la gloria de Dios (Juan 11, 4). El misterio del porque Jesús conservó hasta el final a Judas Iscariote, sabiendo que era un ladrón (Juan 12, 4) y que lo iba a traicionar a la larga (Juan 13, 26) se aclara cuando nos pide amar incluso a los enemigos (Mateo 5, 44). Si fuera por nuestros sentimientos, preferencias o instintos, amar a los enemigos y a quienes nos quieren hacer daño sería imposible.

¿Qué implica el amor?

Hoy en día a cualquier sentimiento se le llama amor. Al acto sexual se le llama “hacer el amor” y el placer se le ha vuelto un requisito para el amor. Jesús, en cambio, nos demostró que el amor es una decisión, que depende de mi libertad, mi inteligencia y mi voluntad. Que implica sacrificio, entrega y fidelidad. Atender a una madre enferma en sus necesidades fisiológicas más básicas es imposible hacer con y por “placer” pero si es posible hacerlo con y por amor.

Fuente: Bitácora Zanahoria

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