¡No dejes que esta Cuaresma pase sin ir a confesarte!: El urgente llamado de un sacerdote
Uno de los aspectos más ignorados de la parábola del Hijo Pródigo es que, después de haber malgastado toda su herencia, el hijo menor sabe que su padre es misericordioso.
Él confía en esa misericordia, pero no abusa de ella; solo espera que su padre lo reciba como un sirviente.
No espera volver a ser tratado como hijo. Es consciente de la gravedad de su pecado contra su padre y contra Dios.
Lo que el hijo encuentra es una misericordia mucho mayor de lo que legítimamente espera. Su padre se alegra tanto de su regreso que apenas le permite terminar su disculpa antes de restaurarlo como parte de la familia.
Pero esta parábola no trata solo del hijo menor.
La Escritura nos dice que Jesús la dirige a los escribas y fariseos, quienes lo despreciaban por comer y relacionarse con publicanos y pecadores.
El segundo foco del relato es el hermano mayor.
Él no comparte la disposición misericordiosa de su padre. Desprecia tanto a su hermano que se refiere a él como “tu hijo” y no como “mi hermano”.
El padre se entristece de que, siendo un hijo que ha “hecho todo lo que se le ha pedido”, no haya asumido la cualidad más importante de su padre: la misericordia.
Al final del relato, el hijo mayor no se parece más a su padre de lo que el hijo menor se parecía al comienzo.
La parábola queda abierta: ¿adoptará el hijo mayor la actitud misericordiosa de su padre, o será él quien quede separado de él?
Todos pecamos. Todos nos quedamos cortos frente a la meta.
Quizá hemos sido derrochadores con nuestra libertad, como el hijo menor, o hemos fallado en tomar la actitud del Padre, como el hijo mayor.
Recordando cuando Jesús nos dice: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”, fallamos de igual manera por falta de misericordia y caridad, que quien malgasta su libertad en una vida de pecado.
Nuestra Iglesia se ha convertido en una Iglesia con largas filas para la Comunión… y filas cortas (si acaso existen) para la Confesión.
Queremos los beneficios de ser hijos de Dios, pero rechazamos las responsabilidades que esto conlleva. Es fácil justificar nuestros propios pecados mientras condenamos con rapidez los pecados de otros. Como nos recordó el Evangelio del fin de semana, eso es jugar con nuestra salvación eterna.
Tenemos un Padre misericordioso que quiere perdonar.
Jesús conoce cómo estamos hechos y lo que necesitamos; por eso nos dejó el Sacramento de la Confesión, para darnos una forma concreta de experimentar lo que vivió el hijo menor al encontrarse con los brazos de su padre.
No dejes que esta Cuaresma pase sin confesarte.
Deja que la misericordia del Padre te devuelva plenamente al hogar, para que puedas compartir plenamente tanto los deberes como los beneficios de ser su hijo.