Prefirió morir antes que revelar un secreto de Confesión: el martirio de San Juan Nepomuceno

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El sacramento de la Penitencia (Confesión) es uno de los más importantes regalos de Jesucristo para su Iglesia (Jn 20,22-23). Tan grande es este don que los sacerdotes que son conscientes de ello están dispuestos a dar su vida con tal de que el secreto de Confesión quede a salvo. Este es el caso de San Juan Nepomuceno.

Este gran santo vivió en Nepomuk (actual república Checa) en el siglo XIV en un hogar donde la activa fe católica hizo brotar desde su infancia el deseo de ser sacerdote.

Ya de sacerdote fue confesor de Sofía de Bavaria, esposa del tirano rey Wenceslao IV quien es célebre por haber mandado a cocinar vivo a su cocinero por no haber preparado bien una de sus cenas.

En este contexto llegó a oídos de Wenceslao el chisme de que su esposa Sofía le era infiel y que el único que conocía a ciencia cierta su adulterio era su confesor Juan Nepomuceno.

Es así que el rey mandó llamar al santo sacerdote y le dijo:

– Padre Juan, vos conocéis la duda terrible que me atormenta, vos podéis disiparla. La Emperatriz se confiesa con vos. Me bastaría una palabra…

– Majestad – contestó el confesor – ¿cómo es posible que me propongáis tal infamia? Sabéis que nada puedo revelar. El secreto de confesión es inviolable.

Nunca nadie se había atrevido a contradecir al rey pues sabían de su crueldad.

– Padre Juan – dijo el rey Wenceslao – vuestro silencio quiere decir que renunciáis a vuestra libertad.

– Jamás consentiré tal sacrilegio. Mandad cualquier otra cosa. En esto digo lo mismo que San Pedro: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ – respondió valientemente el sacerdote.

Dicho esto el valiente confesor fue arrojado a la cárcel y sometido a muchas torturas, pero nunca reveló lo que Sofía le había confiado en Confesión. Finalmente lo llevaron al puente Carlos y desde allí fue arrojado al río Moldava donde murió ahogado.

300 años después de su muerte, cuando una comisión de sacerdotes, médicos y especialistas estudiaban su cuerpo, se dieron cuenta de que la lengua del santo pasó de estar seca y gris a un estado incorrupto.

Por todo esto San Juan Nepomuceno es considerado patrón de los confesores y en la actualidad una estatua en su honor puede ser visitada en el puente de donde fue lanzado antes de su muerte.

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¡Que el Señor nos conceda más sacerdotes santos!

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